COLUMNA

Bush tiene una fecha para Irak

Recordemos que en marzo del año pasado el ahora declinante presidente del Gobierno José María Aznar decidió por su cuenta unirse a sus aliados preferidos, el norteamericano George Bush y el británico Toñín Blair, para lanzar en la base de Lajes, en Azores, el ultimátum a Sadam Husein, cumplido el cual se inició la guerra de invasión de Irak con fuerzas angloamericanas a las que, por parte del Ejecutivo español, el 21 de marzo se añadió el envío de una unidad conjunta de las Fuerzas Armadas para apoyo humanitario (básicamente un buque de transporte de tropas adaptado como casa de socorro, que llegó al puerto de Um Kassar cuando las hostilidades bélicas habían concluido), así como unidades del Ejército del Aire para la defensa de Turquía dentro de los acuerdos alcanzados en el seno de la Alianza Atlántica, todo ello con una vigencia temporal de tres meses.

Recordemos también que el 1 de mayo de 2003 Bush aterrizaba en la pista del portaaviones Lincoln, pegado a la costa de California, y ataviado como piloto de combate con aquellas cinchas que le ayudaban a marcar paquete, proclamaba el fin de la primera fase de los combates y anunciaba al mismo tiempo las nuevas tareas que iban a emprenderse para estabilizar y reconstruir el país, después de aquel paseo militar donde el inconmensurable Ejército de Sadam Husein en momento alguno había presentado batalla. Ni las unidades convencionales, ni la tan ponderada Guardia Republicana, ni las unidades aéreas que nunca fueron avistadas sobre los cielos de Mesopotamia, ni las temibles armas de destrucción masiva.

En resumen, daba la impresión, como escribió Narcís Serra, que la guerra de Irak se hizo no salvarnos del peligro de esas armas, una vez que se comprobó su inexistencia, y que la decisión de emprender esa guerra para nada fue la causa de la división entre la nueva y la vieja Europa, según expresión del secretario de Defensa Donald Rumsfeld, sino que sólo fue adoptada después de haber conseguido producir esa ruptura porque con una Europa unida jamás hubiera sido posible declararla.

La decisión de declarar la guerra a Sadam jamás hubiera sido adoptada con una Europa unida

Recordemos que sin atender a las prescripciones constitucionales, ni someter tampoco sus decisiones al Congreso de los Diputados, ni buscar consenso alguno con las fuerzas políticas parlamentarias de oposición, ni tomar en cuenta las movilizaciones millonarias en las calles de nuestras ciudades contra la guerra, el presidente Aznar autorizó el 11 de julio de 2003 el envío de un nuevo contingente integrado por unidades y medios de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil, agrupado en la brigada Plus Ultra, para cooperar en las seis operaciones encaminadas a proporcionar seguridad y estabilidad en Irak y facilitar su reconstrucción. Este contingente se encuadraba en una división multinacional bajo mando polaco y su misión se extendía en un periodo inicial hasta el 30 de junio próximo.

Nuestras tropas recibieron entonces la misión de desplegarse en una zona descrita por las autoridades del Ministerio de Defensa como hortofrutícola, que comprendía en particular las provincias de Diwaniya y Nayaf, con una extensión territorial equivalente a la de las comunidades autónomas de Galicia y de Madrid, y con una población, cada una de ellas, de millón y medio de habitantes. La versión para consumo interno intentaba diferenciar con claridad nuestros efectivos de las fuerzas de Estados Unidos y Gran Bretaña, únicas reconocidas por la resolución 1.483, de 22 de mayo de 2003, como potencias ocupantes. Enseguida la literatura oficiosa se empleó en resaltar la buena acogida que prestaba a nuestros soldados la población local a la vista sin más de nuestra bandera rojigualda, ajena a las suspicacias y recelos que venía causando el pabellón precedente de barras y estrellas de Estados Unidos.

Ahora ha prendido el levantamiento de los chiíes contra los ocupantes extranjeros de cualquier procedencia y la defensa de nuestras bases frente a los intentos de asalto han podido hacerse sin bajas propias pero causando la muerte de más de 20 iraquíes. Aquí cunden las invocaciones al honor para reclamar la prórroga de nuestra presencia a toda costa pero la lectura de la prensa de Estados Unidos permite advertir que el presidente Bush, en función de sus cálculos de conveniencias electorales, tiene una fecha para Irak que es precisamente la del 30 de junio y que la ha fijado sin contar con Aznar.