EDITORIAL

Un crecimiento engañoso

La economía española registró en 2003 un crecimiento real del 2,4%, cuatro décimas más que en el ejercicio anterior y casi dos puntos por encima del avance del producto en la zona euro. Así cumple diez años completos de avance ininterrumpido. A primera vista es un comportamiento excelente de la actividad, que recorta el diferencial de riqueza con los socios comunitarios, y consigue capear el prolongado temporal que azota a las grandes economías occidentales desde 2001. Pero, si el análisis se hace más detallado, se detectan carencias peligrosas en la estructura del crecimiento económico, que precisan de reparaciones inmediatas, aunque los frutos no se recojan hasta dentro de años.

El comportamiento del ejercicio 2003 es mejor que el del cuarto trimestre individualmente tomado, aunque la apariencia distraiga con un crecimiento interanual del 2,7% en los tres últimos meses del año, frente a sólo un 2,4% del ejercicio completo. Si ambos periodos son nominalmente aceptables, dejan de serlo cuando se les coloca la lupa, que permite ver ciertas carencias en la actividad.

La aceleración de la producción en el último trimestre del ejercicio, la de todo el año si se quiere, está fundamentada únicamente en el vigor creciente de la demanda interna de consumo. Su aportación al avance del PIB es superior al 3%, y con un peso específico creciente por parte del consumo de las Administraciones públicas. La aportación del sector exterior en una economía que intercambia fuera de sus fronteras más de la mitad de lo que produce y consume sigue siendo negativa, y lo es porque la demanda externa sigue bajo mínimos, pese a las señales de reanimación de las últimas semanas.

Esta estructura del crecimiento es a todas luces tan desequilibrada como insostenible. Pero es que tanto el comportamiento de la demanda interna como el de la externa están en sí mismas desequilibradas, y es ahí donde radican los verdaderos riesgos para el sostenimiento de tasas de crecimiento comparativamente tan altas. Es desequilibrada la demanda interna porque se ceba en el consumo de los hogares y la Administración, y descuida peligrosamente la inversión. Y lo hace por dos motivos: porque es insuficiente en cantidad y porque la que hay la absorben los ladrillos.

La inversión en bienes de equipo se ha desplomado de nuevo a finales de 2003 como consecuencia de que el grado de ocupación está ajustado a una demanda exterior realmente pobre. Y no despegará hasta que lo haga la demanda manufacturera del exterior. Pero un crecimiento intensivo en demanda de consumo, justificada por la fuerte expansión del empleo -que se ha convertido en sí mismo en un activador del crecimiento en vez de un saldo-, lleva a una aceleración de los componentes salariales y los costes laborales unitarios, y del deflactor del producto. Todo ello deteriora la competitividad de los bienes y servicios.

El alivio proporcionado por la demanda externa al PIB es también engañoso. No ha venido, como sería deseable, por un avance en las exportaciones, sino por un bajón de difícil justificación en las importaciones.