EDITORIAL

Recompensa al pionero

Ryanair ha puesto en el aire a millones de europeos para los que antes era casi inalcanzable el precio de un billete de avión. Como recompensa, Bruselas está a punto de fallar en su contra por haberse beneficiado de ayudas públicas, obtenidas en una negociación no del todo ortodoxa con aeropuertos secundarios. El celo con una empresa de nuevo cuño contrasta con la tolerancia hacia antiguos monopolios. La Comisión se muestra incapaz de cerrar su investigación contra Olympic Airways, la compañía griega que no podría sobrevivir sin ayuda oficial. Bruselas debe sopesar el alcance de su decisión porque corre el riesgo de abortar un negocio como las aerolíneas de bajo coste y de impedir a numerosos gobiernos regionales que exploten unas instalaciones aeroportuarias que en la mayoría de los casos están infrautilizadas. Los subsidios son perniciosos cuando sirven para mantener a empresas inviables. Pero pueden jugar como un buen estímulo para descubrir filones inexplorados. Ryanair encontró uno. Y, aunque probablemente ha abusado de su descubrimiento, su carácter pionero no merece un escarmiento ejemplar sino alguna recompensa.