EDITORIAL

Una señal de alerta para la UE

La Unión Europea está a punto de despertar del sueño de Lisboa. En el año 2000 los líderes comunitarios se fijaron en la capital portuguesa el asombroso objetivo de desbancar antes de 2010 a Estados Unidos en términos de competitividad. Aquel acuerdo de Lisboa trazó unos ambiciosos planes de flexibilización laboral, de liberalización de los mercados y de inversión pública y privada (sobre todo, en investigación y desarrollo, educación y formación continua) cuyo fruto se recogería en el año 2010 en forma de pleno empleo, de competitividad superior a Estados Unidos y de equiparación de la renta per cápita a ambos lados del Atlántico.

Ayer la Comisión Europea presentó, sin embargo, un devastador balance, pero no por ello menos realista, sobre los progresos dados desde la Cumbre de Lisboa para alcanzar a la potencia económica mundial. La insuficiencia de las reformas acometidas desde entonces, según la propia Comisión, no sólo aleja peligrosamente el objetivo marcado en Lisboa, sino que la renta per cápita europea sigue estancada en el 74% de la de Estados Unidos. Y de recordar esta carencia de avances se encargó ayer la patronal europea Unice.

La falta de arrojo de la mayoría de los Gobiernos europeos lastra el crecimiento, el empleo y la investigación, el desarrollo y la innovación. En clave española, el de José María Aznar, que llega ahora al fin de su mandato, figura entre los que han suspendido el examen, a pesar de ser el principal impulsor, junto al británico de Tony Blair, de la Cumbre de Lisboa.

Aznar ha disfrutado de una holgada mayoría que, con un mínimo de perspectiva, aparece como desaprovechada para acometer las reformas prometidas. La Comisión Europea reconoce, con justicia, los esfuerzos del Ejecutivo español por mantener el equilibrio fiscal y califica de 'impresionante' el ritmo de creación de empleo de los últimos años. Pero también lanza con sentido la advertencia de que el crecimiento de la economía española (casi dos puntos por encima de la media comunitaria) descansa en exceso sobre una demanda interna alimentada por los bajos tipos de interés.

La falta de productividad, el escaso gasto público en educación, la paupérrima inversión privada en investigación y la precariedad de parte del mercado laboral destacan entre las principales grietas que pueden arruinar el largo periodo de bonanza en España. Urge aumentar la competitividad de la economía española y darle valor añadido a un crecimiento que, ahora mismo, se basa en gran parte en una construcción sustentada en la especulación inmobiliaria.

No hay recetas milagrosas. Basta sencillamente con cumplir los compromisos adquiridos en Lisboa. De no ser así, se puede dar el caso de que tanto España como toda la Unión Europea no sólo pierdan de vista Estados Unidos, sino que sientan cada vez más cerca la presión de otras economías. Asia, con China al frente, da señales de notable fortaleza. Hoy aparece como un consuelo que en 2010 la Unión Europea siga en segundo lugar tras Estados Unidos.