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De profesión, científico becario

Los investigadores se quejan de la precariedad en la que viven y del escaso reconocimiento social y político de su contribución al avance de la ciencia en España

Lleva ocho años trabajando a tiempo completo y con dedicación exclusiva, con horas y horas de laboratorio sobre sus espaldas, pero no se le considera un trabajador. Desde luego, no tiene los mismos derechos laborales y su retribución es mucho menor que la de un titulado universitario en el mercado laboral. Su problema es que no produce beneficios inmediatos, produce conocimiento. Y eso que, en 2000, los primeros ministros europeos decidieron en la Cumbre de Lisboa que Europa tenía que ser en 2010 'el líder mundial de una economía basada en el conocimiento'.

Pero 'parece ser que la investigación, en España, no es una actividad productiva', se queja con resignación Antonio Martínez, de 31 años, bioquímico especialista en enfermedades cardiovasculares. En 1996 obtuvo una beca predoctoral de la Universidad Complutense y ahora está becado por la Comunidad de Madrid, que le paga 1.500 euros brutos al mes por su labor en el CSIC y en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares. 'No pido más sueldo, quiero que se reconozcan mis derechos laborales', subraya.

Es uno de los más de 20.000 becarios, 'precarios' como ellos se autodefinen, que se dedican a la investigación en España, según las cifras del INE. Han empezado a hacerse oír a través de la Federación de Jóvenes Investigadores que les agrupa. Hasta ahora ni siquiera se les reconocía el derecho a disfrutar del régimen general de la Seguridad Social, por lo que es fácil encontrar becarios de entre 30 años y 40 años que no han cotizado ni un sólo día, con los consiguientes perjuicios derivados de la ausencia de derechos a prestaciones por desempleo, Seguridad Social, vacaciones remuneradas, sistema de pensiones o bajas remuneradas por enfermedad o maternidad. Eso sí, sus ingresos en forma de beca están sujetos al IRPF como 'rendimientos netos del trabajo'.

Para paliar su precariedad, el Ejecutivo aprobó en octubre un estatuto del becario. Pero los avances han sido mínimos, en opinión de esta asociación de investigadores. 'Se ha perdido la oportunidad de reconocer la investigación científica como una carrera profesional', dicen.

Quieren que se les considere trabajadores y ver convertidas sus becas en contratos de formación, algo a lo que no da ninguna respuesta el estatuto. 'No entiendo por qué el Gobierno se empeña en no considerarnos trabajadores cuando en el resto de Europa es la consideración general que tenemos. En la actualidad estoy en una estancia en Finlandia y aquí muchos becarios están casados y tienen hijos, algo absolutamente imposible en España en la situación sociolaboral actual', protesta Eduardo Ogando, 28 años, becario del último año del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Cobra 850 euros al mes y se indigna si alguien le considera un 'estudiante que mama del estado hasta los 30'.

Muchos se sienten frustrados laboralmente y la mayoría hace lo posible por encadenar una beca con otra para librarse del paro. 'Las becas son una salida ante la falta de contratación de investigadores como profesionales, la dificultad de conseguir un contrato en las universidades o centros públicos o de abrirse camino en las empresas privadas', según apuntan en un informe sobre la situación en la Comunidad de Madrid José A. Olmedo y Salvador Parrado, profesores de Ciencia Política y de la Administración de la UNED.

Personalmente, sin embargo, dicen sentirse satisfechos con la labor que realizan porque creen que cumplen un servicio público fundamental. Por vocación. Por eso, muchos dicen que prefieren los centros públicos a la empresa privada, aunque lamentan con amargura 'el menosprecio' de su labor por parte de las Administraciones.

Ante la falta de regulación y la situación de desamparo legal muchos están a merced de la buena voluntad de sus directores de tesis o la disparidad de criterios de los organismos emisores de becas. En las universidades son personal docente y mano de obra barata en trabajos de campo.

Pocos se atreven a negar su contribución a la ciencia. No en vano, los jóvenes investigadores firman como primer autor la mitad de los artículos científicos que produce España a escala internacional. 'Pero si te quejas o te niegas a hacer algo que no te corresponde te puedes jugar la renovación o se encargan de hacerte la vida imposible', comenta un becario que realiza su tesis en un área de ciencias sociales y aprovecha para reclamar que también se incluya en el artículo 'a los de letras' porque 'no por producir bienes menos tangibles tienen menos categoría'.

Dinero invertido en fuga de cerebros

La falta de mecanismos de absorción de los becarios en el tejido industrial y universitario español hace que su enorme potencial investigador se desaproveche en favor de otros países. Es la 'fuga de cerebros'. Oscar Fernández, de 26 años, percibe desde 1996 una beca de la Generalitat. En enero vence y, si nadie lo remedia, estará en paro. 'Tendré que marcharme al extranjero', asume. Trabaja en un grupo de investigación para petroleras. 'Los proyectos son dirigidos por titulares, pero el trabajo lo realizamos becarios pagados por las Administraciones'. Es la paradoja: 'Producimos investigación puntera muy valorada en la empresa, pero se nos trata como estudiantes'.

Estatuto a medias

Las ventajas del recién aprobado estatuto son muy limitadas, a juicio de los investigadores.

l Para empezar, sólo podrán beneficiarse del mismo quienes cuenten con el Diploma de Estudios Avanzados (DEA), por lo que no podrá aplicarse en la primera etapa como investigadores predoctorales, hasta el tercer año.

l Además, aunque están incluidos en la Seguridad Social, se les restringen derechos. No tienen prestación por desempleo y la base de cotización es el salario mínimo interprofesional.