COLUMNA

Salvar Alstom como gesto psicológico

Tengo la sensación de que, desde hace unos meses, el tema ferroviario está en el candelero de la información. Como ya es sabido, no news, good news, y por tanto cuando las cosas iban razonablemente bien apenas si aparecían noticias al respecto. Sin embargo, parece que cuando un tema renace, en el ámbito informativo, se activan todas las noticias de sectores relacionados con el mismo, tal es en este caso el de la industria ferroviaria, que no anda del todo bien.

En España tenemos actualmente un problema en la empresa Talgo, que en los dos últimos años no logra conseguir beneficio a pesar de haber obtenido el contrato de alta velocidad que tanto ansiaba y que, sin ninguna duda, es una ayuda pública importante para su desarrollo empresarial. En el país vecino tienen el problema de Alstom, que se ha salvado de una posible suspensión de pagos gracias a la ayuda del Gobierno francés.

Aunque Alstom no es una empresa meramente ferroviaria, en la medida en que, además de fabricar trenes, transporta y distribuye electricidad y también fabrica transatlánticos, generadores y turbinas, creo que en nuestro país se la asocia directamente con el ferrocarril desde que desembarcó a través de la compra de las antiguas empresas del sector Macosa, Ateinsa y La Maquinista Terrestre y Marítima, y se dio a conocer por el éxito del AVE en la línea de Sevilla a Madrid.

La decisión de aportar capital público para salvar la empresa francesa ha sido totalmente atípica y ha constituido una sorpresa para los economistas, que aún estamos sumidos en un mundo en el que parece -o parecía- que la panacea era adelgazar el Estado y gestionar a través del sector privado el máximo posible. Las razones de esa decisión nos las aporta Francis Mer, el ministro de Economía galo, conocido por su talante liberal.

Según él la intervención del Estado 'es un pequeño gesto que corresponde más a la psicología que a la finanzas' porque el Estado francés entra en el capital de Alstom por razones estratégicas (porque construye el TGV), laborales (emplea a mucha gente) e incluso financieras (porque cuando las acciones de la compañía vuelvan a subir en los mercados, el patrimonio nacional hará negocio).

En mi opinión, es cierto que ante todo es un gesto psicológico en la medida en que Francia probablemente es el país más nacionalista que conozco, tal como acostumbramos a decir es chauvinista, un país en el que aún muchas personas creen que la globalización es una perversidad que hay que combatir para defender lo propio, lo nacional, lo de casa y su Gobierno lo sabe bien. Sin embargo, no podemos dejar de pensar que también ha sido un gesto financiero porque no se puede obviar que la suspensión de pagos de Alstom habría supuesto una pérdida de entre 4.000 y 5.000 millones de euros para los bancos franceses.

El Estado ha intervenido como juez y parte, forzando primero a los más de 40 bancos de distintos países a respaldar la recapitalización de Alstom y a reescalonar su deuda, al tiempo que él se convierte en accionista durante, mínimo, tres años.

La decisión, que ha sido muy criticada, creo que tiene aspectos positivos como el haber salvado la situación laboral de importancia capital en una empresa con una plantilla de 117.000 trabajadores, de los que sólo un 24% trabaja en Francia y cuya mayoría está en el resto de la UE y en EE UU.

Aunque alguien podría decirme que los problemas laborales siempre tienen soluciones económicas satisfactorias, porque los trabajadores o se recolocan en las empresas herederas de la actividad u obtienen buenas indemnizaciones, hay que pensar que la economía no lo es todo y que, en estos casos, siempre subsiste el problema humano y profesional.

Mantener la empresa como tal es preservar el conocimiento adquirido y la manera de trabajar así como garantizar el desarrollo personal que nos proporciona nuestro trabajo.

El principal reto de tal decisión es poder demostrar que la empresa es viable y competitiva, pues todos sabemos que un problema de las empresas propiedad del sector público es la falta de acicate para ser productivas y por tanto competitivas. La seguridad total que ofrecen relaja a los gestores que, en muchos casos, se preocupan más por ser bien considerados por sus superiores que por producir o prestar servicios con calidad y un precio bueno y ajustado.

Si no hay que sufrir para obtener dinero para compensar pérdidas, el hecho de la pérdida es un mal menor superable y la productividad puede resentirse.

Creo que debería quedar claro que el espíritu de esta ayuda estatal es, tal como se ha expresado, participar durante tres años y revalorizar la empresa para volverla al mercado; si no fuera así todos nos quedaríamos pensando ¿por qué Alstom sí y otras empresas no?