Industria

El final de la tabacalera del imperio

El cierre de la planta de Altadis en Sevilla termina con una actividad impulsada por la España imperial como símbolo de su industrialización

La multinacional hispanofrancesa Altadis ha decidido cerrar su fábrica de Sevilla. Con ello echa el cerrojo a 383 años de fabricación ininterrumpida de tabaco en la ciudad, actividad que data de 1620. Pero significa algo más. "La fábrica de Sevilla fue clave para la introducción y expansión del tabaco en Occidente", argumenta Adolfo González, vicerrector de la Universidad de Sevilla y profesor titular de Historia de América. Enseña en aulas que fueron, no hace mucho, salas de elaboración del mejor tabaco del mundo. La antigua fábrica de tabacos de Sevilla, hoy Universidad, fue el orgullo de la corona española, que durante tres años exhibió, con un edificio de 27.196 metros cuadrados, el segundo más grande de España en planta tras El Escorial, su supuesto (más bien falso) poderío económico e industrial.

Fernando VI había mandado hacer la factoría más grande de Europa. Edificio y actividad productiva juntos se constituyeron en uno de los escaparates del Imperio: la fábrica más grande del mundo para intimidación de los países rivales o enemigos; hoy llena de aulas que han pisado, por ejemplo, medio Gobierno español de 1982, con Felipe González a la cabeza.

Altadis, la actual Tabacalera, fruto de una privatización que sentó en su consejo de administración a franceses y españoles, antiguos enemigos, ha apostado por el cierre de la actual fábrica, una moderna miniatura de lo que fue la Real Fábrica de Tabacos mandada levantar por Fernando VI. Por primera vez en 383 años no se fabricará tabaco en lo que fue la capital mundial del tabaco. La vinculación entre Sevilla y el tabaco era tenida en Europa como algo tan propio y tradicional de la ciudad como hoy podría ser para un contemporáneo la vinculación entre Toulouse y los aviones, Detroit y los coches o Atlanta y el refresco de cola.

La decisión acaba quizás con el último vestigio vivo del Imperio español, aquel en el que no se ponía el sol y que disputaba con sus rivales europeos -ingleses, franceses y holandeses- las joyas de ultramar. Convertida Sevilla en el puerto de llegada de las mercaderías preciosas de América, el tabaco comenzó a ocupar cada vez más importancia en la maltrecha economía de la corona española, endeudada para pagar los altos intereses de los banqueros alemanes que habían adelantado buenas cantidades de dinero para sufragar la colonización. Pese a que el marinero colombino Rodrigo de Jerez, el primer fumador español y quizás europeo, fue encarcelado por la Inquisición por su nocivo acto, el hábito no tardó en extenderse por la sociedad española y europea, y llegó hasta las capas más altas, entre las que cundió la especie, en el siglo XVII, por sus supuestas cualidades terapéuticas.

Del impacto económico que tuvo la fábrica de Sevilla para la Corona de España dan idea sus dimensiones, un inmenso cuadrilátero que se alza ocupando buena parte del suelo del centro de la ciudad. 'La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla se erigió desde el principio como un gigantesco monopolio estatal, estamos hablando de una España con una estructura política de monarquía absoluta, en la que el Rey era dueño del suelo y del subsuelo', afirma Adolfo González.

La primera fábrica de tabacos data de 1620, pero el éxito comercial de la iniciativa motivó la irrupción del Estado imperial español que construyó, en la primera mitad del siglo XVIII, la instalación industrial más grande de Europa. Con la fábrica puesta a funcionar al máximo de su capacidad, llegó a procesar nueve millones de libras de tabaco, frente a los 400.000 libras registradas en 1620. La fábrica llegó a tener 40.000 operarios, una capilla, una cárcel para uso interno y, en consonancia con ello, unos estatutos y un régimen sancionador propios que no atendían a la legalidad vigente fuera del enorme recinto.

La fama de la ciudad, así como de su fábrica y sus trabajadoras, las populares cigarreras, creció en todo Occidente gracias al drama del francés Próspero Mérimée, que 30 años más tarde popularizó la ópera Carmen, de Bizet. Carmen extendió la leyenda de las cigarreras, las trabajadoras manuales del tabaco de la fábrica sevillana, que constituyeron toda la plantilla de la factoría durante buena parte de los siglos XIX y XX gracias a la valía de sus pequeñas manos para amasar las hojas del tabaco. El drama lanzó al mundo el supuesto temperamento y la mayor parte de los clichés que aún pesan sobre los andaluces y, por extensión, los españoles. La cigarrera Carmen muere asesinada por su celoso amante al comprobar su infidelidad con un torero.

A las cigarreras sevillanas, inmortalizadas también en los cuadros de Gonzalo Bilbao, se les atribuye la introducción en el vestuario español del mantón de Manila, que no era más que el envoltorio de telas de colores en el que venían los fardos de tabaco en los barcos. Se cuentan entre las primeras mujeres trabajadoras del mundo y marcaron un estilo imitado por el resto de la sociedad española y europea de su época.

Sevilla retrasó la muerte de su primer proveedor de empleo

Que no les hablen a Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía, ni a Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde de Sevilla, del cierre de la fábrica de tabacos de Altadis, pese a ser hoy una caricatura de lo que fue. Ambos dirigentes socialistas se han opuesto rotundamente a la medida. La legendaria fábrica de tabacos fue decayendo a medida que los avances del proceso de industrialización del siglo XIX menguaban su competitividad y el poderío español del Siglo de Oro se iba desvaneciendo. Pero la fábrica tardó en introducir la moderna maquinaria que podía devolverla al mercado. La presión social sevillana retrasó todo lo que pudo la industrialización porque la factoría llevaba demasiados siglos siendo su proveedora de empleo. Hoy sólo queda un último vestigio de los años prósperos. Una de las hermandades que sale en procesión cada Jueves Santo en Sevilla, conocida popularmente como Las Cigarreras, mantiene su capilla de salida dentro de las instalaciones de la fábrica actual de Altadis. La cofradía fue adoptada por las cigarreras sevillanas y finalmente incorporada a la propia fábrica. ¿Adónde irá ahora?