COLUMNA

Las pensiones en España, ¿generosas?

Diversas voces, algunas oficiales otras oficiosas, se han alzado en la últimos meses afirmando que las pensiones en nuestro país, en comparación con lo que sucede en la Unión Europea, son muy generosas. Son voces que seguramente buscan preparar el terreno para que la prevista revisión del Pacto de Toledo se traduzca en medidas que, ante tal generosidad, salven de nuevo las pensiones recortándolas. En concreto, se ha dicho que, mientras que en España la pensión pública representa el 96% del salario en activo, esa tasa de sustitución (relación entre la pensión y el último salario percibido) sólo alcanzaba el 60%, como media, en la UE.

Dejando de lado el posible cuestionamiento de esta cifra media, a tenor de algunos estudios comunitarios sobre pensiones que dan medias europeas bastantes más altas, y del propio sistema de comparación utilizado (conforme al mismo las pensiones más generosas se producen en Grecia, Portugal y España, lo que no deja de ser, en sí mismo, revelador del escaso valor comparativo del elemento elegido), lo que importa señalar es que esa tasa de sustitución del 96% es teórica, si nos referimos a las pensiones y no sólo a algunas pensiones. Es una tasa que no afecta al conjunto de los pensionistas y que no tiene en cuenta diferentes componentes que hacen que en España el porcentaje de la tasa de sustitución real, para el conjunto de las pensiones, sea muy inferior al señalado. En consecuencia, ese tipo de comparaciones no tienen ningún significado.

Lo que importa, como se ha señalado en una nota elaborada por el gabinete técnico de UGT, es la tasa de sustitución real. En ese sentido, en España, debido a los topes máximos de cotización, a la excesiva penalización a las jubilaciones anticipadas, a la mayor precariedad del empleo, etcétera, la tasa real de sustitución de las nuevas pensiones de jubilación representa el 58% de los salarios medios (las nuevas pensiones de jubilación dadas de alta en 2002 eran de una cuantía media de 715,34 euros, mientras que el salario medio se situaba ese año en 1.221,75 euros).

Este tipo de comparaciones, tan unidimensionales, siempre suelen ser tramposas. Por ejemplo, no es lo mismo, a la hora de comparar tasas de sustitución, el que existan o no topes máximos de cotización ( dicho de otra manera: no es lo mismo cobrar el último salario real que la base cotizada). Tampoco es indiferente el periodo mínimo de cotización exigido para tener derecho a una pensión contributiva (en España ese período es de 15 años, uno de los más altos de la UE; lo que implica que, si has cotizado sólo 14 años y 11 meses, por ejemplo, los pierdes). Algo, dicho sea de pasada, bastante poco acorde con el tan esgrimido principio de contribución del sistema.

Es, igualmente importante, saber cuántos pensionistas alcanzan la susodicha tasa de sustitución, a la que sólo acceden los mejor situados en el mercado de trabajo. Muchos no lo pueden hacer por la precariedad del empleo, por haber estado en el paro, etcétera, o simplemente por la penalización de las jubilaciones anticipadas -ningún país las penaliza tanto como el nuestro- que viene a suponer, para el conjunto, una reducción de aproximadamente el 20% de la pensión media del sistema contributivo.

Pero, además, la tasa de sustitución de las pensiones viene mermada en nuestro país por factores como el de la actualización de las pensiones que se realiza conforme a la evolución de los precios y no de acuerdo, como en muchos países comunitarios, a la evolución de los salarios netos. Esto implica excluir a las pensiones de su participación en los incrementos de la productividad y un progresivo deterioro respecto a su relación con el salario de activo.

Finalmente, la valoración de esa teóricamente alta tasa de sustitución inicial no puede desvincularse de lo que a los pensionistas les van a costar una serie de servicios sociales públicos de carácter básico destinados a la protección de la vejez (residencias de ancianos, centros de días, ayuda a domicilio, etcétera) que en muchos países europeos, además de más amplios y mejor dotados, son más accesibles que en España ya que aquí, en gran medida, hay que comprarlos en el mercado a un precio inasequible para la mayoría.

¿Son, pues, más generosas las pensiones en España que en la UE? De ser cierta esta afirmación significaría que en España realizamos milagros en la materia. En efecto, somos el país de la UE, salvo Irlanda, que menos gasta en pensiones; y la suma de nuestro gasto en pensiones y servicios sociales por habitante mayor de 65 años es sólo el 59% de la media comunitaria.

En fin, es imposible sostener, sin hacer trampa, que nuestras pensiones son muy generosas cuando el 54,25% de los pensionistas (casi 4,2 millones) percibe en concepto de pensión cuantías inferiores a 450 euros mensuales.