COLUMNA

El barbecho y la reforma de la PAC

Carlos Tió asegura que en el debate sobre la política agraria común (PAC) aumenta la sensación de lejanía entre la realidad del sector y Bruselas. El autor sostiene que los fines que dice perseguir la reforma son falsos

Según pasan los días y las semanas en el debate sobre la reforma de la política agraria común (PAC) se refuerza la sensación de lejanía entre la realidad agraria y las discusiones de Bruselas. Siendo muchos los aspectos que corroboran esta idea, destacaré el olvido del barbecho tradicional, práctica agraria que dado su objetivo de respeto estricto del medio ambiente agrícola debería ser estimulada y premiada con ayudas europeas.

En un momento en que se persigue desconectar las ayudas agrícolas de las producciones obtenidas y justificar su concesión en el logro de objetivos medioambientales, el barbecho es seguramente el ejemplo más notable de sistema de cultivo respetuoso con las restricciones naturales del medio.

Como bien conocen la mayoría de los lectores, se trata de una práctica agrícola que permite el descanso de las tierras pobres, limitando las siembras a un año de cada dos, o tres..., para permitir que recuperen humedad, nutrientes, etcétera. Se trata de tierras de vocación cerealista, situadas lógicamente en secano, que ocupan tradicionalmente el 20% de las tierras de cultivo en España.

El dinero gastado por la Unión Europea en el sector agrícola no sirve para recuperar la riqueza de la tierra, más bien lleva a su abandono

A pesar de constituir el mejor ejemplo de agricultura desconectada de la producción, con objetivos medioambientales, ni antes de la actual reforma ni después está previsto que estas tierras puedan acogerse a las ayudas directas de la PAC.

Las ayudas directas a los cereales y otros cultivos herbáceos (oleaginosas y proteaginosas) son el centro de gravedad del debate sobre la reforma agraria europea, no por el valor añadido que incorporan estos cultivos; más bien su importancia radica en el territorio que ocupan.

En España se destinan a estas producciones el 61,3% de las tierras de cultivo, añadiendo las destinadas al barbecho. Cuando en 1992 se decidió introducir un pago compensatorio por hectárea cultivada en este tipo de producciones, se pretendía compensar una disminución de precios adoptada simultáneamente.

Por esta razón, las ayudas se calcularon para una superficie de referencia efectivamente cultivada y proporcionales a los rendimientos medios comarcales, en un intento de compensar exactamente la pérdida de ingresos en las explotaciones. De tal suerte que las tierras más intensamente cultivadas recibirían mayor subvención. Nuestros pobres barbechos, volvieron a quedarse sin semilla y sin un duro.

Con reajustes técnicos provocados por la adopción de la Agenda 2000, las ayudas actuales que pretende desconectar de la producción y condicionar a logros medioambientales la actual propuesta de reforma son aquellas de 1992. Como consecuencia del olvido del barbecho, un 20% de las superficies que se dejaban reposar en España en 1991 se fueron cultivando anualmente.

Los agricultores se han visto estimulados a ello, no sólo por la percepción de las ayudas, también por la disponibilidad de riego y de nuevas tecnologías. En la actualidad, aún un 17,6% de las tierras de cultivo en España se mantienen en barbecho. Ante la amenaza de desconexión de las ayudas que perciben sus primas hermanas sembradas, el Ministerio de Agricultura español ha estimado un abandono del cultivo en 1,7 millones de hectáreas, un 21% de la superficie beneficiada por estas ayudas.

Las dudas que surgen inmediatamente nos lleva a preguntarnos ¿cómo podemos abandonar el barbecho? ¿Nos exigirán prácticas agrícolas respetuosas con el medio ambiente, en superficies que no perciben ayudas? La burocracia comunitaria es capaz de responder a estas y más difíciles preguntas. Sin duda trasladarán el problema al Gobierno español, basándose en el principio de subsidiariedad.

No obstante, alguna consecuencia práctica podremos deducir los ciudadanos de esta forma de proceder. En primer lugar, los fines que dice perseguir la reforma son falsos.

Los fondos presupuestarios no irán destinados a lograr los objetivos que se enumeran en las declaraciones de principio y en los preámbulos de los reglamentos. Existe un cierto fraude al contribuyente europeo.

Pero tal vez lo más grave sea el daño que se le hace a la agricultura y a los agricultores, la desorientación que se genera en una profesión digna, que acumula un notable patrimonio, cuyo destino productivo o de conservación determinará sin duda su valor futuro, con un impacto muy notable sobre la sociedad rural.

La dinámica económica discrima al mundo rural, en mayor medida cuanto más periférico y marginal económicamente sea. æpermil;sta es en definitiva la justificación de la PAC y del gasto agrícola europeo. Una estrategia que pretende 'mantener la renta de las explotaciones' sin orientar a los beneficiarios ni hacia el mercado ni hacia los teóricos 'bienes públicos' que debe sostener con su actividad representa cada día más un despilfarro. El dinero gastado no sirve para recuperar la riqueza de la tierra como en el barbecho, más bien lleva al abandono.