Editorial

El Reino Unido se retrasa

El Reino Unido no está listo para el euro. El veredicto presentado ayer por el ministro británico de Finanzas, Gordon Brown, aplaza al menos un año la decisión de convocar un referéndum para la adhesión a la moneda única. Brown, que nunca ha sido especialmente eurófilo, ha necesitado más de 1.800 páginas de estudios para justificar una conclusión extraída a partir de los cinco tests económicos que él mismo fijó en 1997. Pero le hubieran bastado muchos menos folios de no haber sido por la voluntad política del primer ministro Tony Blair de mantener abierta la opción de una consulta popular en la presente legislatura, que finaliza en 2006.

La batalla política entre los dos pesos pesados del Partido Laborista se ha saldado de momento con un empate que, en cualquier caso, no disipa en absoluto las dudas sobre la existencia de una verdadera vocación europeísta y eurófila de la tercera potencia económica de la UE. Que la libra se encuentre sobrevaluada o que el mercado hipotecario británico sea muy sensible a los tipos de interés son evidencias coyunturales de Perogrullo en las que un país como el Reino Unido no puede fundar su relación con el resto de la Unión. De hecho, los analistas ya prevén que el resultado de los cinco tests será el mismo dentro de 12 meses si Brown continúa al frente del Tesoro británico.

La flexibilidad y la convergencia de ambas economías son parámetros tan subjetivos que sólo se superarán cuando el responsable del Tesoro lo decida así. Las propias empresas británicas, con gigantes como Vodafone a la cabeza, reclaman el salto al euro para que la inversión extranjera, que aún no ha comenzado a huir, mantenga al menos los flujos anteriores al nacimiento del euro. Y la City, a pesar de ser más reticente que la industria, se encuentra, según reconoce el propio Brown, lista para competir en la unión monetaria.

Los argumentos económicos hablan a favor de una unión monetaria que, como recuerdan numerosos ejecutivos de la zona euro, ha reducido costes, ha estimulado el comercio y ha facilitado el acceso al crédito. El precipicio que separa al Reino Unido del euro, por tanto, es mucho más político que económico, a pesar de que Tony Blair haya caído como un rehén de los tests de Gordon Brown.

La zona euro no es ajena a esta encrucijada del Reino Unido. La inflexibilidad de ciertos planteamientos económicos del área euro o el dogmatismo del BCE han contribuido a disminuir apoyos a la unión monetaria en el otro lado del canal de la Mancha. Pero las dos partes pierden, aseguran los expertos, porque los mercados financieros perciben que la economía británica es una pieza indispensable para completar la corriente principal de la zona euro. La ausencia de Londres en la principal avanzadilla de integración mina además los proyectos políticos del Viejo Continente, que prepara ya su primer texto constitucional. Blair mantiene su promesa de convertir a Gran Bretaña en una de las fuerzas motrices de la Europa. La pregunta es cuándo.