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Problemas de la economía alemana

Alemania representa un lastre para la recuperación de la eurozona. Urgen reformas, opinión que la sociedad no comparte. Carlos Sebastián cree que la clave estará en el liderazgo político que se ejerza

a evolución de la economía alemana es fuente de preocupación en Europa. Su comportamiento en los últimos años y el estado recesivo en el que se encuentra representan un lastre para la recuperación de la eurozona. Unos datos para situar el problema: primero, la economía alemana ha sido la economía de la Unión que menos crecimiento ha registrado en los últimos ocho años; segundo, su PIB decreció en un par de trimestres consecutivos a final de 2001 y lo volverá a hacer en un par de trimestres de este año, y tercero, está experimentando la desgraciada combinación de aumento del paro y escaso crecimiento de la productividad.

El último punto merece subrayarse porque es fiel reflejo de la naturaleza del problema. Alemania está en el pelotón de países de la OCDE en los que la productividad menos ha crecido en los últimos años, pelotón en el que España ocupa el farolillo rojo (pero en Alemania no se ha creado empleo y en España sí). Y eso pese a que en la antigua Alemania del Este las ganancias de productividad desde la reunificación han sido espectaculares. Cuando se agoten, que no tardarán en hacerlo, el problema se mostrará con mayor intensidad.

Al mismo tiempo, los costes laborales en Alemania son mayores que en el resto de los países desarrollados y su mercado de trabajo es uno de los más regulados. Las escasas ganancias de productividad, los altos costes laborales y la excesiva regulación (aspectos que están interrelacionados) están ocasionando un continuo deterioro de las empresas pequeñas y medianas (las mittelstand), cruciales para la solidez de la industria alemana y para su alta capacidad exportadora. æpermil;stas también sufren las consecuencias de elevados impuestos y de restricciones de crédito, resultado esto último de las dificultades de la banca alemana que reacciona eliminando de su lista de prestatarios a las empresas más pequeñas.

El estado de bienestar alemán es uno de los más generosos y su diseño tiene poco en cuenta los incentivos que genera en la conducta de los agentes. Ese problema es mayor que el déficit que produce, aunque éste tampoco es despreciable, pues el endeudamiento público real es bastante alto y el potencial (el que tiene en cuenta los fondos necesarios para la financiación de las pensiones públicas a las que tienen derecho los actuales activos) es enorme.

La calidad de la regulación es mala y no sólo en el mercado de trabajo. En una estimación de aspectos institucionales que realiza un equipo del Banco Mundial, Alemania se encuentra en el puesto 20 en calidad de regulación. Y en un estudio reciente de la OCDE Alemania se encuentra entre los países con regulación administrativa más pesada. Este mismo estudio encuentra una clara relación entre regulaciones en el mercado de trabajo y de productos y variación de la productividad.

En esta situación, la necesidad de profundas reformas parece clara. ¿Comparte esta opinión la sociedad alemana? Parece que no. Da la impresión de estar muy satisfecha con la (indudable) calidad de vida existente y se resiste a plantearse reformas con consecuencias desconocidas. Sin embargo, la evolución del gasto de las familias en los últimos años (y la de las encuestas de opinión) parecen reflejar que los alemanes tienen serias dudas sobre su futuro económico. Todo dependerá, pues, del liderazgo político que se ejerza.