Investigación

El banquero de Silicon Valley, acosado por la justicia

Los yuppies de los años ochenta quedaron retratados en el auge y la caída en desgracia de Michael Milken, aquel tiburón de Wall Street que ganaba fortunas con bonos basura y terminó pasando dos años en la cárcel por fraude. Una década después, el nombre, los apellidos y la actividad han cambiado. Manhattan ha sido sustituida por Palo Alto (California) y los trajes italianos por el estilo informal de las puntocom. Pero la historia es la misma, y esta vez es Frank Quattrone el banquero de éxito que se expone a acabar con sus huesos en prisión.

Desde su despacho en Silicon Valley, Quattrone alimentó y se alimentó de la euforia de Internet. Colocó en Bolsa decenas de compañías, obtuvo comisiones astronómicas para el banco para el que trabajaba y se hizo millonario. Pero desde el mismo despacho dictaba el perfil de los informes de análisis y regalaba a sus clientes y amigos participaciones en las salidas a Bolsa más calientes. También desde su despacho ordenó a los 150 miembros de su equipo que destruyeran las pruebas de estas malas artes, a sabiendas de que estaba siendo investigado.

Quattrone estaba en la nómina del Credit Suisse First Boston. Pero podía haber estado en la de cualquier firma de Wall Street. En Silicon Valley se decía que trabajaba para Quattrone & Co. Es decir, para él. Fue, como Milken, un visionario. Estuvo 17 años en Morgan Stanley y en 1983 ya se había asentado en Palo Alto. Algunas pequeñas compañías tecnológicas sentaban las bases de la revolución de Internet, pero Wall Street estaba a otra cosa. Quattrone cultivaba la imagen informal, de banquero que no es banquero, que se puso de moda 10 años después, y gozaba de excelentes contactos.

Desde Morgan Stanley ayudó en la colocación de Cisco, en 1990, y poco después en la de Netscape. En 1995, cuando Alan Greenspan advertía de la exuberancia irracional del Nasdaq, Quattrone pidió a Morgan Stanley una paga en función de todos los ingresos que el banco obtuviese por valores tecnológicos. Por comisiones de salidas a Bolsa, pero también por intermediación de acciones.

Paso por el Deutsche

No lo consiguió, pero al año siguiente saltó a Deutsche, donde le dieron lo que pedía y más. El grupo de Quattrone recibía el 50% los ingresos relacionados con la tecnología. Tenía su equipo de prensa y de marketing, y controlaba su presupuesto y la labor de banqueros y analistas. Gracias a él, Deutsche, una firma sin mucho peso, sacó a Bolsa Amazon.com, una de las mayores operaciones de 1997.

El trato con Quattrone no era del agrado de los banqueros de Francfort y la crisis rusa de 1998 fue la excusa perfecta. Pero no es Quattrone quien se marcha de su despacho. El Credit Suisse First Boston contrata a Quattrone, a sus 150 colaboradores y alquila el edificio donde trabajaban en Palo Alto. Sólo cambió el logotipo.

Su equipo controlaba todos los aspectos relacionados con las acciones tecnológicas. Los análisis, el reparto de las acciones en las OPV y, por supuesto, salidas a Bolsa y fusiones. Los analistas despachan con Quattrone. Según la revista Fortune, cuando uno de ellos dudaba de la viabilidad de una empresa, el banco asignaba otro experto.

Al CSFB le compensaba tener a Quattrone. En los años de la burbuja tecnológica la firma conseguía en Silicon Valley entre el 12% y el 15% de los ingresos, según la agencia Bloomberg. Obtuvo 717 millones de dólares en comisiones por colocación de empresas tecnológicas entre 1999 y 2000. Quattrone también cobró lo suyo, unos 100 millones al año.

Pero esas mismas OPV provocaron la caída en desgracia de Quattrone. Las empresas que salían a cotizar registraban revalorizaciones de tres dígitos en su primer día en Bolsa. Quattrone controlaba la asignación de acciones para beneficiar a empresarios de capital riesgo de Silicon Valley y directivos de tecnológicas. Cuidaba su cartera de clientes. Paralelamente, y según los investigadores, el CSFB pedía a los fondos de inversión comisiones extraordinariamente altas a cambio de recibir acciones.

En diciembre de 2000 el juego había terminado. El día 3, el departamento legal del CSFB advirtió a Quattrone de que estaba siendo investigado por irregularidades en procesos de salida a Bolsa. A la mañana siguiente, éste pidió a sus colaboradores, según The Wall Street Journal, que destruyesen 'notas, valoraciones y otras memorias internas' relacionadas con negocios de banca de inversión. Un práctica habitual en la banca de inversión, siempre tan celosa de la confidencialidad. Pero una orden que, en medio de una investigación judicial, constituye un delito penal.

Los analistas estrella terminan en la picota

Hace tres años, los medios de comunicación especializados contenían el aliento cuando analistas como Mary Meeker, Henry Blodget o Jack Grubman hacían pública su visión sobre las empresas tecnológicas. Ellos movían las cotizaciones de las mayores empresas del mundo, por aquel entonces Intel, Cisco o Microsoft.

Ahora estos analistas estrella están más pendientes del juzgado que de la Bolsa. Todos han recibido decenas de demandas de inversores particulares que se han sentido engañados por sus recomendaciones. Han dejado los bancos para los que trabajaban, que a su vez han tenido que pagar multas millonarias por emitir análisis sesgados. Porque los mismos informes que el mercado ansiaba conocer eran, en realidad, parte de un gran juego. Un juego mediante el que la banca de inversión mantenía inflada la burbuja que le permitía obtener millonarias comisiones por salidas a Bolsa e intermediación de valores.

Henry Blodget, experto en Internet de Merrill Lynch, fue el primer analista sometido a la piñata pública. El fiscal de Nueva York Eliot Spitzer descubrió que Blodget dudaba en sus correos electrónicos particulares de la viabilidad de las empresas que recomendaba con entusiasmo. Jack Grubman era el analista estrella de telecomunicaciones de Salomon Smith Barney. Sus estrechas relaciones con la teleco Worldcom, que protagonizó uno de los casos más sonados de fraude contable, le costaron el puesto y numerosas demandas judiciales.