Crisis de confianza

La caída de Enron hace un año acabó con la confianza empresarial

La verdad sobre Enron todavía tiene que ser contada. Cuando eso ocurra, un tribunal de 12 americanos honestos dejará en libertad a Andy'. Son palabras de John Keker, abogado de Andrew Fastow, el pasado 6 de noviembre, poco antes de que su cliente se declarara no culpable de 78 acusaciones de delitos monetarios como responsable de la estructura financiera de Enron, la empresa que mostró por primera vez las debilidades del modelo de capitalismo de EE UU cuando hace un año solicitó la que entonces fue la mayor suspensión de pagos de la historia.

Keker, tiene que usar todas las triquiñuelas verbales y legales para la casi imposible tarea de convencer al país de que Fastow no es el villano responsable de una ingeniería financiera que hizo que una de las empresas más respetadas se convirtiera en un castillo de naipes, susceptible de derrumbarse al primer fallo. Como finalmente ocurrió.

Enron, una eléctrica tejana muy diversificada, estaba presidida por Ken Lay, un buen amigo del presidente, George Bush. Se vino abajo envuelta en el escándalo del fraude al descubrirse que las pérdidas de la empresa provenían de sociedades mantenidas fuera de sus libros de cuentas y en las que desde su fundación había serios conflictos de intereses por parte de sus gestores. LJM, Mahonia, Raptors y otras tantas empresas y fondos ocultos proveyeron durante algún tiempo a la compañía de sus mayores beneficios -al igual que a sus gestores, entre ellos a Fastow-, pero cuando este sistema de alto riesgo en el que se ocultaban números rojos, deuda y dudosas inversiones hizo aguas no hubo barrera que contuviera la marea de pérdidas que se le vino encima.

La primera carta que se tambaleó fue la de los Raptors, coberturas de inversiones de alto riesgo que dependían para su supervivencia de la cotización de Enron. Cuando el valor de la compañía comenzó a caer se vio que la cobertura del riesgo con la propia empresa era insostenible. La caída de los mercados tras el 11 de septiembre la hizo imparable y se volatilizaron 1.000 millones de beneficios que la compañía había contabilizado ya. El 16 de octubre de 2001, poco después de la salida de la empresa del consejero delegado, Jeff Skilling, comenzó una debacle para Enron al reformular sus cuentas que acabó tal día como hoy en 2001 ante un juez.

La aparatosa caída de Enron se llevó por delante las pensiones de sus trabajadores (invertidas en su totalidad en acciones de la empresa), el puesto de trabajo de 4.500 personas, una de las cinco empresas auditoras del mundo (Andersen) y sobre todo acabó con la confianza ciega en un sistema que se reveló incapaz de detectar los débiles cimientos en los que se asentaba la séptima compañía del país. Los ciudadanos dejaron de confiar en la Bolsa porque no creían en lo que compraban ni en el sistema que les amparaba.

Ni analistas, ni empresas de calificación de deuda, ni la SEC (regulador de los mercados), ni los bancos de inversión, que arreglaban sin demasiadas preguntas préstamos que ahora devienen impagables..., nadie se dio cuenta de que la séptima corporación americana no merecía su puesto en los rankings.

Sus auditores tenían pistas y el Departamento de Justicia les acusó de obstruir su labor. Antes de que les condenara un tribunal, a Andersen le condenaron sus clientes al dejar de contar con sus servicios tras admitir que había destruido documentos que la SEC hubiera querido tener.

Tras Enron se han conocido más casos y el mercado y la sociedad americanos en su conjunto padecieron de una patología llamada enronitis.

Con las alarmas disparadas se reforzaron los controles, el Congreso investigó y se instaló el estado de sospecha que se reveló bien fundamentado. El presidente de Goldman Sachs, Henry M. Paulson, lo dijo muy claro: 'En toda mi vida los negocios en América nunca han estado bajo semejante vigilancia. Pero para ser claro mucho de lo que está pasando lo tenemos merecido'.

Analistas económicos, académicos y políticos coincidían en que el capitalismo estaba herido por la avaricia y una cultura de la ambición descontrolada. El propio presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, se sigue refiriendo, un año más tarde, al 'factor Enron' como una variable macroeconómica.

Sin salir del asombro de lo que día a día se iba conociendo de Enron, entre algunas de las cosas se verificó que esta y otras compañías eléctricas habían manipulado el desregulado mercado de California provocando la crisis energética de 2000. Se vinieron abajo Global Crossing, Adelphia, ImClone, Tyco, Kmart, Martha Stewart y la segunda telefónica del país, Worldcom.

'Efecto dominó'

La suspensión de pagos de la operadora se produjo en julio, pero tampoco las alarmas se dispararon hasta que fue evidente el deterioro de la compañía y los desmanes en la gestión de su presidente, Bernard Ebbers. Poco antes de que Worldcom solicitara la suspensión de pagos, el analista jefe de Morgan Stanley, Stephen Roach, dijo que la economía y los mercados 'siguen en estado de shock por lo que se sabe del mal gobierno empresarial. Creer que lo peor ha pasado es infantil'.

La caída de Worldcom disipó las dudas de los que temían por la banca de Wall Street y su papel en la crisis. En primer lugar, los bancos invirtieron grandes sumas en los oscuros proyectos de Enron. Sólo hace dos meses un grupo de aseguradoras demandó a JP Morgan por las pérdidas derivadas de su confianza en la empresa y los negocios que aún está por probar que compartieran. Además se ha probado que la muralla china de separación de los negocios de las entidades de inversión y los analistas de estas firmas no existía.

En suma, Enron ha provocado un efecto dominó y las fichas siguen cayendo. Lleva razón Keker cuando dice que no todo lo que pasó en Enron esté contado a pesar de que ya hay más de 10 libros que son manuales de lo que no se debe hacer en una empresa. Es posible que Fastow implique al que es considerado el mayor cerebro del escándalo, Skilling, quien soliviantó a los legisladores cuando en una comisión en el Congreso dijo que desconocía los problemas. De momento, este máster por Harvard en dirección de empresas no está acusado.

Fastow está en libertad bajo una fianza de cinco millones, y sólo hay tres acusados más: su mano derecha, Michael Kopper, el intermediario Timothy Belden, y otro empleado, Larry Lawyer, que se han confesado culpables de varios delitos de fraude.