Crisis de confianza

Messier cae devorado por la 'burbuja'

El patrón de Vivendi está a punto de pasar a la historia. El estallido de la 'burbuja' tecnológica y la polémica gestión pasan factura al creador del segundo grupo de comunicación del mundo

El acoso implacable de los mercados está a punto de llevarse por delante la que parecía imparable carrera del patrón del segundo grupo de comunicación del mundo, Jean-Marie Messier, el hombre que logró que el tradicional y creciente dominio de los conglomerados norteamericanos en el campo del ocio experimentara un vuelco en sentido opuesto.

Es decir, que una empresa europea adquiriera uno de los grandes estudios norteamericanos, Universal, de manos de la canadiense Seagram.

La crisis de la nueva economía, tan desmesurada como la burbuja previa que se creó a su alrededor, ha castigado sin piedad a un hombre con marcados rasgos egocéntricos que ha puesto todos los huevos del conglomerado empresarial en esa cesta.

A partir de la fusión con el gigante canadiense, una operación que supuso el cenit de su periplo al frente de la antigua Générale des Eaux y el techo en la cotización de la acción, Messier inicia una desaforada carrera de compras en el mundo editorial, la televisión, las telecomunicaciones e Internet.

Los precios que paga son elevados, la deuda del grupo se dispara, y los gastos y los recelos dentro de la empresa también.

De forma paralela, para hacer caja se desprende de negocios tradicionales del grupo, como parte de sus intereses en la filial de servicios medioambientales o en la de construcción.

La velocidad que imprime a esa estrategia es tal que, por ejemplo, firma a finales de 1998 un acuerdo con Esther Koplowitz para desarrollar FCC, que apenas un año más tarde, cuando desembarca el nuevo presidente pactado entre ambos socios, Marcelino Oreja, el contenido de ese pacto se ha quedado obsoleto.

A Vivendi no sólo no le interesa la construcción y el inmobiliario, como había quedado claro en el pacto; ahora ni siquiera apuesta por la actividad esencial del grupo, los servicios, ni por la más rentable, el cemento. Su intención es desarrollar en España las telecomunicaciones, los medios, donde ya estaba presente, y el mundo de Internet.

Pero la burbuja tecnológica estalla y las cotizaciones de muchos de esos nuevos negocios se desploman. Además, algunas de las adquisiciones se pagan a plazos con acciones de Vivendi como moneda de cambio y a precios prefijados, lo que provoca pérdidas adicionales al grupo.

La alarma salta al cierre del ejercicio 2001. Vivendi comunica unas pérdidas netas de 13.000 millones de euros, la mayor parte provocada por las provisiones dotadas para cubrir la depreciación de algunas de esas empresas adquiridas.

Esa horrorosa cuenta de resultados acentúa el desplome de la cotización, iniciado a principio del año 2000, y empieza a minar claramente los apoyos del empresario de Grenoble, comenzando por la élite empresarial y cultural de Francia, molesta desde hacía tiempo por la atracción de Messier por lo norteamericano.

Meses antes, el presidente se había mudado a Nueva York, donde comienza a celebrar los consejos de administración de la multinacional.

La crisis le lleva a proponer, ya este año, un plan de ajuste en Canal + que implica recortes en la aportación económica que venía realizando la empresa para promover el cine francés.

El resultado es la dimisión del director general del canal de pago, Paul Lescure, una institución en el país vecino, que le conduce al enfrentamiento con la propia plantilla y el mundo cultural francés, que consideran ya a Messier un enemigo de la llamada excepcionalidad cultural francesa.

Poco a poco, mientras la acción sigue desplomándose, el presidente va perdiendo apoyos en el consejo de administración, hasta enfrentarse al mayor accionista, la familia Bronfman, que recibió sus títulos a cambio de su paquete en Seagram.

Messier aborda su posible marcha convencido de que el rumbo que imprimió en Vivendi era el correcto y que el tiempo le dará la razón, aunque quizá piense por un momento que la marcha fue demasiado rápida para adentrarse en negocios todavía etéreos. Quienes le conocen destacan su absoluta convicción sobre las bondades de la estrategia que ha desarrollado así como su vehemencia y capacidad de persuasión para convencer de sus propuestas.

Su arrogancia, sin embargo, no le ha ayudado. En sus ocho años en el grupo, se ha granjeado muchas enemistades y más de uno espera que se vaya.

En la reseña histórica sobre los 150 años de historia del grupo, incluida en su página web, los dos únicos hechos que aparecen destacados en negrita son su designación como presidente y el posterior cambio de nombre del grupo. Ahora comienza para Vivendi y para Messier una nueva etapa.