La estrella es Berlín
La Berlinale abre sus puertas el próximo día 6. El festival de cine -por cierto, muy pródigo con el cine español- vuelve a recordar cada año que ahí sigue una de las metrópolis más inquietas y lúcidas del mundo
Siempre dando que hablar. Parece ser la estrella de ese conglomerado humano compuesto (desde los años veinte del siglo pasado) por siete ciudades, 51 municipios y 27 comarcas. En aquellos años se inventó allí la modernidad a golpe de vanguardia, transgresión y unas gotas de cabaré, para desengrasar. Luego vino la locura, los días en que estuvo a punto de convertirse en una megalómana Germania a manos del arquitecto de Hitler. Y los días de la guerra y la hecatombe y el alzamiento del muro: 155 kilómetros de vergüenza inmensurable. Y luego la caída del muro y la gran fiesta universal, la liberación de todos nosotros, porque todos somos berlineses, lo dijo Kennedy (más o menos). Siempre dando que hablar. Siempre cambiando algo para dar que hablar. No es que a Berlín le siente bien el cambio: es que ésa tal vez sea su sustancia.
Desde la caída del muro, el cambio ha adquirido allí una dimensión casi metafísica. De pronto, el horizonte vastísimo se llenó de grúas, como horcas donde se ahogaban los últimos residuos de viejas ideologías. Tantas grúas, tan presentes y acuciantes que hasta se llegó a dar un celebérrimo ¡concierto de grúas! de toda la ciudad. Había que rellenar las llagas y agujeros de la guerra y, sobre todo, la cicatriz arrasada y yerma de la tierra de nadie, la línea fronteriza que separaba Berlín este de Berlín oeste. Desde la llamada caja roja, un barracón provisional, podía verse cómo se iba suturando la brecha. La red cox ya se desmanteló. Todo está irreconocible para quien viera hace sólo unos meses aquel campo de batalla.
Campo de batalla, porque allí se ha librado, silenciosa, ladinamente la última pelea, tal vez la definitiva, entre el mundo de las utopías y la persuasión del dinero. La vieja y entrañable Potsdamer Platz (donde había funcionado el primer semáforo de Europa), desaparecida con la partición y ahora resucitada del polvo, es como el símbolo, el ombligo del nuevo Berlín en el centro exacto de ese talle que separa los antiguos bloques. Una fantasía de cristal y transparencias, donde se han dado cita los arquitectos más sabios y las empresas más ricas. Lo curioso es que, sentado en una de sus múltiples terrazas (algunos cafés, por cierto, llevan nombre de cine, como Marlene o Billy Wilder, y también por la Berlinale), nadie tiene la impresión de que aquello sea un decorado: es sólido, parece que hubiera estado siempre así; el cambio en Berlín es algo natural, no se hace mucha cuestión de ello.
Además, esa Potsdamer Platz es efectivamente el mejor punto de partida para explorar el nuevo Berlín, que es nuevo y viejo, oriental y occidental, tan aliñado y mezclado como lo pueda estar una ensalada donde aceite y limón no se confunden, pero se apoyan. A un lado queda el antiguo Berlín Oeste. Y lo más nuevo, allí al lado, es el espacio cultural y museístico Kulturforum. O la remodelación del Reichstag (Parlamento), con la cúpula de cristal diseñada por Norman Foster (una de las cosas ahora más visitadas). Más allá se extiende el barrio oficial (todavía sin terminar, va para largo), el Tiergarten, bosque más que parque, el barrio diplomático, el zoo de siempre y la avenida Ku'Dam con la iglesia votiva, que han perdido su antiguo protagonismo, la verdad.
Hacia el otro lado de la Postdamer Platz está el antiguo Berlín oriental, con la Pariser Platz, ahora elegantísima, delante de la Puerta de Brandeburgo, y el eje que se extiende desde allí: la avenida Unter den Linden (bajo los tilos). A un lado y otro de esa arteria se alzan los edificios más nobles y antiguos del Berlín imperial, sus catedrales, la isla de los museos, el barrio más viejo históricamente (Nikolaiviertel) y la célebre Alexanderplatz (novelada por Alfred Döblin) que el régimen comunista vació y desfiguró, y para la cual se tienen grandes proyectos. Que ni siquiera han empezado. Berlín es que no para, con tal de dar que hablar.
Cómo ir. Lufthansa (902 220 101) vuela a Berlín con escala desde Madrid por 256 euros y desde Barcelona por 240 euros, más tasas. Iberia (902 400 400) vuela directamente desde Madrid y Barcelona por 289,11 euros, tasas incluidas; última hora en www.iberia.com: 161 euros más tasas.
Viva Tours ofrece un paquete con vuelos en Iberia, dos noches de hotel y desayuno, visita panorámica, espectáculo en la Staatsoper, traslados y seguros desde 554 euros; en agencias.
Dormir. El Hyatt, diseñado por Rafael Moneo; en la Marlene-Dietrich-Platz, 2, 30 25531234. Branderburger Hof, céntrico, decorado con gusto, Eislebener Strasse, 14, 30 214050. Adlon Kempinski, histórico hotel imperial, ahora rehecho, desde sus habitaciones se contempla la Puerta de Brandenburgo, Unter den Linden, 77, 30 22610.
Comer. Refugium, en los bajos de una de las iglesias gemelas de la Gendarmenplatz, Gendarmenplatz, 5, 30 2291661. En la zona Potsdamer Platz Arcaden, locales de todo tipo, entre otros, el único restaurante que se mantuvo solitario en plena línea fronteriza cuando existía el muro: Dieckmann, Alte Postdamerstrasse, 5, 30 25297524.