Aviación
Exhibición de la Patrulla Águila en la base de San Javier, este mes.
Exhibición de la Patrulla Águila en la base de San Javier, este mes.

Un día con la patrulla más galáctica del Ejército del Aire

Solo los mejores pilotos pueden entrar en la Patrulla Águila

Es el prestigioso equipo de vuelo acrobático del Ejército del Aire

Los alumnos de la Academia General del Aire de San Javier, en Murcia, no apartan sus miradas al verles pasar. Como si fuesen estrellas de cine, observan el paseo que los pilotos de la Patrulla Águila realizan por la pista de esta base militar hasta llegar a sus aviones C-101. Cada uno con su casco, su máscara de oxígeno y su traje antigravedad como único equipaje.

Es el equipo de vuelo acrobático por excelencia del Ejército del Aire, creado en 1985. El más reclamado para exhibiciones tanto a nivel nacional como internacional. Ya sea para amenizar los prolegómenos de un Gran Premio de motociclismo, como harán en Jerez en mayo, o para competir en festivales con la Frecce Tricolori o la Patrouille de France, los cuerpos homólogos de los Ejércitos italiano y francés. La diferencia con estos es que los miembros de la Patrulla Águila lo hacen de forma desinteresada. Son pilotos de caza destinados en San Javier como profesores de vuelo, su misión principal. Tienen una experiencia de, al menos, mil horas en el aire y compaginan las clases con las acrobacias, algo que en pretemporada, entre enero y abril, les requiere un sacrificio añadido.

Por la Patrulla han pasado 84 pilotos. Uno es el comandante Rubén Pérez, de 41 años, el Águila 1: el líder. Él encabeza el grupo en todo momento. Acumula más de 3.700 horas de vuelo, ha pilotado un F-18 y ha estado destinado en Afganistán. Muchos vuelos a sus espaldas, con aviones más potentes. Pero estar en la Patrulla Águila es otra cosa: “Es un orgullo, un privilegio. Eres la imagen, la representación de los pilotos del Ejército del Aire y de sus capacidades”.

Trabajo en equipo, precisión en cada movimiento, son aspectos que definen la labor de este equipo, que dirige desde tierra, como si de un entrenador se tratase, el comandante José Manuel García Mora, con más de 12.500 horas de vuelo. Comenta que cada riesgo está controlado, fruto del continuo entrenamiento y de la propia experiencia de los pilotos, aunque estos se tienen que adaptar a las particularidades del vuelo acrobático: “Aquí llegamos al límite de fuerzas G negativas, hasta 3,9. Es una sensación desagradable, te sientes despedido del avión.Eso, la adrenalina, el estar todos juntos a muy poca distancia, lo hacen una experiencia muy especial”. Tanto que, como describe García Mora, la Patrulla Águila llega a ser inspiración para futuros pilotos: “Mucha gente se ha metido en el Ejército del Aire porque nos ha visto, y cuando están en San Javier, lo primero que piden es entrar”.

Rosa Malea, José Manuel García Mora y Rubén Pérez, miembros de la Patrulla Águila.
Rosa Malea, José Manuel García Mora y Rubén Pérez, miembros de la Patrulla Águila.

El míster de este equipo de galácticos explica que, pese a la rutina, nunca se le pierde el respeto al avión. Apenas unos pocos metros separan a cada miembro del equipo en el aire. A eso se le añade que, cada año, llega un nuevo piloto, lo que requiere una concentración máxima. Este año, la novedad es Rosa Malea, de 36 años, la primera mujer en entrar en la Patrulla Águila. También fue la primera mujer en pilotar un F-18. Una pionera, aunque la repercusión mediática reconoce abrumarle. “Pero estoy contenta, hago lo que quiero y es bueno que se vea a nivel mediático”, afirma. Para ella, “la Patrulla siempre ha sido un referente, porque solo pueden entrar los mejores. Lograrlo ha sido un privilegio”. Pero todavía le falta disfrutar del vuelo:“Aún voy muy en tensión, no quito la mirada del otro avión”.

Malea, como sus compañeros de vuelo, está orgullosa de pertenecer a una familia que también es reclamo publicitario: la relojera suiza Breitling les acompaña desde hace 20 años, entregando un reloj especialmente diseñado para la Patrulla Águila a cada nuevo miembro. Una versión del Aerospace Evo, valorado en unos 4.000 euros.

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