Editorial

Superar del todo el conflicto portuario

El Gobierno ha aplazado la aprobación del decreto con el que desde el viernes quería activar la reforma de las labores de estiba y desestiba en los puertos españoles. Y lo hace para abrir una vía de negociación sin la presión del calendario a la que estaba sometido ahora el diálogo tanto por parte del Gobierno con la nueva norma, como por parte de los estibadores con una huelga convocada para el 20, 22 y 24 de febrero en todos los puertos. Lo lógico era que los sindicatos desconvocaran los paros, como al final han hecho, y se pongan a negociar de forma real un cambio en las relaciones laborales en una actividad en la que hasta ahora no ha entrado el Estatuto de los Trabajadores, que ha sido censurada por la UE; en la que a la manera cuasi vertical del pasado se agrupan empresas y trabajadores portuarios, y en la que la organización del trabajo está en las exclusivas manos de los trabajadores. El conflicto no es buena idea –nunca lo es– porque por los puertos entran y salen la mayoría de las importaciones y exportaciones del país, y los servicios mínimos son irrelevantes, por elevados que sean, porque dejan en manos de los estibadores qué se hace y a qué ritmo. Se entiende que estos se aferren a sus privilegios, pero es imparable una liberalización que incremente la actividad y abarate una de las estibas más caras de Europa.

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