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La inflación, rebelde a la política monetaria

En 1963, Milton Friedman declaró que la inflación era “siempre y en todas partes un fenómeno monetario”. La idea era revolucionaria. La inflación se atribuyó comúnmente a los sindicatos, a los cuellos de botella de la oferta y, en la siguiente década al cartel petrolero. Pero la frase de Friedman sefue convirtiendo en la sabiduría convencional. La realidad actual, sin embargo, no es tan amable con la teoría.

Hay que tener en cuenta los datos más recientes de EE UU. Un monetarista del estilo de Friedman vería una inflación al acecho en la brecha entre la tasa de crecimiento anual de la oferta de dinero y el incremento del 4,2% del PIB nominal anual hasta junio en los EE UU.

Pero la esta no ha llegado. Por el contrario, el ritmo de aumento de los precios ha seguido cayendo. En agosto, el IPC de EE UU disminuyó. Es una vez más el momento para mirar más allá del dinero.

La globalización es, probablemente, la más poderosa fuerza deflacionista. La entrada de China en el mercado mundial y la reducción de los costes de comunicaciones y envíos han presionado a la baja sobre los precios y los salarios en las economías desarrolladas. China ha sido seguida por otros países, más pobres, por lo que la presión es probable que continúe.

El envejecimiento es otra tendencia de hace décadas que probablemente impide que los precios suban rápidamente. El aumento del número de trabajadores mayores y semi-jubilados con un poder de negociación muy bajo y la disminución en la proporción de trabajadores de mediana edad relativamente bien pagados reducen tanto la presión sobre los salarios como el gasto en artículos de mayor coste.

La deprimente recuperación del mercado laboral también es desinflacionaria. El desempleo, incluyendo las filas ocultas de los desalentados trabajadores eventuales, suprime el poder de negociación de los trabajadores poco cualificados. Los sindicatos fuertes podrían ser inflacionarios en los días de Friedman. La fuerza de trabajo débil tiene el efecto contrario.

A los principales banqueros no les gusta el declive del poder del dinero. Se ven mucho menos potentes. Pero es mejor enfrentar la realidad que tratar de influir en los precios, empujando más duro en la cuerda monetaria.