El Foco

Sanidad sostenible: la clave digital

Recientemente escuchábamos que la esperanza de vida de los españoles recién nacidos supera los cien años. La longevidad de los españoles no ha hecho sino crecer durante las últimas décadas. Es el fruto de una combinación de progreso material y en los hábitos, avances en la medicina y desarrollo de un sistema de salud pública que, sustentado por aquel progreso, ha puesto estos avances a disposición de los ciudadanos de manera universal y gratuita. En un momento en que los españoles dudamos acerca de nosotros mismos en tantos terrenos, el sistema sanitario español puede ser un motivo de satisfacción y orgullo. Un contraste ilustrativo puede hacerse con el sistema norteamericano, donde un gasto sanitario per cápita más de dos veces superior al español no consigue unos resultados medios superiores. El crecimiento exponencial de este gasto y su impacto poco equitativo en la población llevaron el asunto al primer plano del debate político de aquel país, hasta el punto de provocar un enfrentamiento que estuvo a punto de colapsar el funcionamiento del Estado.

Pero sería ilusorio pensar que este éxito pasado garantiza resultados futuros. El sistema de salud español, como el de la mayoría de países desarrollados, enfrenta el desafío de su sostenibilidad económica, especialmente en perspectivas ciertas de una bomba demográfica y su impacto económico, social y sanitario (si en la actualidad cada jubilado es sostenido por tres trabajadores, en 2050 este ratio bajará a 1,5).

De nuestros éxitos pasados, no exentos de problemas, debemos aprender para afrontar la sostenibilidad económica del modelo en un futuro previsiblemente caracterizado por un número creciente de pacientes crónicos de edad avanzada y con su vida laboral terminada. Es decir, un ciudadano medio que demandaría un nivel de asistencia sanitaria per cápita mayor, financiada por un porcentaje menor de la población. Con el resto de factores constantes, esto significaría un gasto sanitario unitario mayor, en un escenario futuro en el que no resulta evidente que el crecimiento de la renta per cápita acompañe esa mayor demanda de atención sanitaria. ¿Cómo resolver esta paradoja? Dicho de otra forma, ¿cómo alcanzar la famosa triple meta: mejor salud y mejor experiencia de usuario a un coste contenido?

Un aliado fundamental que encontraremos en ese escenario futuro, como lo ha sido en toda la historia de la humanidad, es el desarrollo tecnológico aplicado al conjunto de la economía y, en particular, en el ámbito de la salud. Este vendrá claramente de la mano de la biotecnología y la ciencia médica y, de una forma tal vez menos evidente pero a mi juicio crucial, de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC). Las TIC son un ingrediente fundamental para el desarrollo de un nuevo paradigma de la salud, basada en una medicina personalizada, ubicua, y basada en la evidencia. La bioinformática o el big data se alían con la genómica para prevenir factores de riesgo y para el desarrollo de terapias personalizadas. La telemedicina permite el acceso remoto a unos especialistas médicos cada vez más escasos y más especializados, eliminando distancias y reduciendo tiempos, y con acceso a la historia clínica del paciente. La sensorización de personas y hábitats, con conectividad permanente, permiten el seguimiento continuo de constantes vitales, parámetros de actividad y casi cualquier variable de interés para el seguimiento de pacientes. Para un prestador de servicios sanitarios esta sensorización conectada le libera de tener innecesariamente a pacientes internados o esperando en urgencias.

Los ejemplos de esta revolución tecnológica de la salud son innumerables. Un aspecto a destacar es el papel más activo que están adoptando los ciudadanos, tanto en el plano preventivo como en la situación de pacientes, o allegados a pacientes. Internet y las redes sociales les dan acceso a una información antes restringida al experto. En sus dispositivos móviles pueden instalar aplicaciones relativas a la salud elegidas de entre una lista de... ¡cerca de cien mil! De hecho, alguna encuesta reciente en EE UU mostraba que un 95% de los pacientes crónicos estaría dispuesto a adoptar el uso de una aplicación móvil como parte del tratamiento prescrito, frente a un 66% que aceptaría un medicamento. No todo son luces en este panorama, bastaría recordar la ausencia de controles de calidad en muchas de estas aplicaciones... O las implicaciones sobre la privacidad. Para progresar con garantías es necesaria una nueva regulación, con una visión internacional.

A pesar de todo lo expuesto, cabe una duda razonable sobre si desde las esferas políticas y de gestión se aprecia suficientemente el potencial de las TIC y su capacidad para contribuir a la sostenibilidad del modelo. Para hacer compatible el aumento en el nivel de prestación con la reducción del gasto global, a través de la inversión tecnológica, la formación y la transformación organizativa. En tiempos de sobriedad presupuestaria, antesala del necesario esfuerzo futuro por la contención del gasto per cápita, no se puede mirar al presupuesto TIC como una partida autocontenida a reducir. Hay que contemplar el conjunto del presupuesto, y aprovechar las economías que la inversión en tecnología produce en otras partidas del gasto, sin obviar las externalidades que estas inversiones aportan a otros agentes extrapresupuestarios, a la ciudadanía en particular. Invertir adecuadamente en tecnología no es caro. Lo caro es no hacerlo.

Un ejemplo trivial: la digitalización de la información radiológica reduce de forma contrastada el coste de generación y tratamiento de la imagen médica. Adiós al líquido de revelado, a las colas para recoger la placa y llevarla en mano al especialista... y tal vez perderla después. La evaluación económica de este proyecto se revela enseguida positiva... pero los ahorros en radiografías no figuran en el presupuesto del departamento de tecnología. Alguien en niveles superiores de gestión tiene que ver, convenientemente asesorado, el panorama global. Hay multitud de casos similares (historia clínica electrónica, receta electrónica, gestión de citas...) en los que de hecho nuestro país es un ejemplo de adopción temprana de las TIC. Del pasado podemos aprender la necesidad de evitar la fragmentación geográfica en la concepción de los diferentes sistemas, la falta de interoperabilidad, la necesaria determinación para desengancharse del mundo antiguo y hacer posible el despliegue de los beneficios derivados de la inversión tecnológica. De poner, en fin, al ciudadano en el centro del sistema.

No es el momento de limitarse a buscar un uso eficiente de la tecnología, sino de redoblar una apuesta asegura por su efecto transformador. Puede ocurrir que los ciudadanos adelanten a los prestadores de servicios en la adopción de nuevas tecnologías. Y puede que esta sea la vía para que, hasta donde puedan hacerlo, opten por otros proveedores.

En España, el gasto en TIC supone solo un 1,4% del gasto sanitario público. En países similares, este gasto alcanza el 4%. Es posible aumentar la inversión y reducir el gasto total. Pero sin olvidar que esta inversión en tecnología debe acompañar una transformación del sistema sanitario. Y todo cambio está sujeto a inercia, cuando no a una abierta resistencia.

Es necesario un liderazgo transformador que solo puede aportar el máximo nivel ejecutivo. Esta dinámica no es exclusiva del entorno sanitario, sino que la encontramos también en cualquier otra esfera organizativa pública o privada. Las empresas tienen un incentivo inequívoco para innovar: la supervivencia. El sistema sanitario público español tal vez pudiera sobrevivir nominalmente en cualquier caso, pero la sostenibilidad del modelo, dentro de parámetros de calidad aceptables y por tanto de equidad, pasa inevitablemente por la innovación.

Luis Fernando Alvarez-Gascón es miembro del FEI y director general de GMV Secure eSolutions.