El Foco

Un 'Big Bang' para la industria europea

Desde hace meses se nos anunciaba a bombo y platillo la cumbre europea de los pasados 20-21 de marzo en la que se pretendía relanzar, una vez más, la tan manida reindustrialización de Europa, así como la no menos esencial política energética. Esta vez parecía que de esa reunión, de acuerdo con unos planes de la Comisión sobre un renacimiento industrial europeo, iba a brotar un auténtico Big Bang. Los precedentes no permitían ser muy optimistas, pues se había pospuesto anteriormente una reunión al respecto, pero hay que agarrarse a estos buenos deseos y objetivos como a un clavo ardiendo. Lo acontecido, una vez más, decepciona.

Como decía Ortega, en política, vivir al día es morir al atardecer, y eso es lo que parece ocurre con las inmediateces en las que vive nuestra Unión. En esta cumbre ha sido Crimea, pero en la próxima será otra cosa. Lo cierto es que la reindustrialización lleva vías de convertirse en un plan blandengue, como casi todo lo europeo, y para revitalizar si acaso los planes alemanes –y franceses–. Por lo poco visto y oído en esta cumbre sobre la industria, las esperanzas de que los planes para revitalizar el tejido productivo industrial de toda Europa se tomen en serio de una vez se alejan.

Con el eslogan Industrial Policy is Back, la Comisión Europea lanzó en octubre de 2012 el mensaje inequívoco de que, a escala de la Unión Europea, es necesaria una intensa política industrial para revertir la tendencia negativa de lo que representa la producción industrial manufacturera en Europa y pasar del 16% del PIB, en ese momento, al 20% en 2020. Desgraciadamente, a pesar de las buenas intenciones, al finalizar 2013 es todavía del 15,1% y sigue bajando. En Europa, el sector industrial registra cifras importantes: conlleva el 65% del gasto en I+D y casi el 50% en innovación en general. Aporta más del 15% del valor añadido y es la culpable de más del 57% del total de las exportaciones. Una hora de trabajo en la industria en la UE genera casi 32 euros de valor añadido y un incremento de un 1% de la participación de la industria en el valor añadido de la UE supone un incremento de 0,28 puntos porcentuales en la productividad total. Desde el comienzo de la crisis, en 2008, en toda la UE se han perdido más de 3,5 millones de puestos de trabajo en la industria. Las inversiones extranjeras directas que en 2008 atraían el 30% de todas las del mundo a la UE, en 2012 solo fueron el 16,8%.

El convencimiento europeo de la necesidad de una política industrial aparta ciertos fantasmas ideológicos tradicionales y opta por el pragmatismo. La cuestión inmediata es qué modelo adoptar y si quien debe liderar su estrategia –parece lógico que, por potencia y tradición, debe ser Alemania– está dispuesta a hacerlo o seguirá con sus fobias y malos recuerdos y no dará el paso.

Los modelos tradicionales, que se siguen desde hace años en Francia, China, Japón y, con matices, EE UU son los sectoriales o top-down, en los que se invierte en tecnologías específicas, empresas concretas o sectores de actividad siguiendo un modelo lineal de innovación a la carta, con separación bien definida entre I+D y producción. Tienen una escala nacional sin atender a matices regionales, necesidades locales, etc. –el caso más paradigmático es el actual plan de reindustrialización de Francia–. Los más horizontales, aquellos que eligen una estrategia bottom-up, tratan de partir de una base existente para, a una escala regional o local, impulsar un ecosistema en el que montar entramados de innovación tecnológicos, industriales y de conocimiento que propicien nuevas iniciativas de producción y negocio basadas en redes de cooperación y servicios a negocios que compiten por los recursos disponibles del Estado para su estímulo. Con unas referencias competitivas permanentes, su meta es afrontar la producción, la ingeniería, la elaboración de prototipos y la comercialización en cadenas de valor globales (GVC) donde esté el máximo valor añadido.

El primero de los enfoques es el tradicional del Pentágono norteamericano, la NASA y los departamentos de Salud, Energía y Agricultura, y de cuyos logros nos beneficiamos todos desde hace más de medio siglo. El segundo es el plasmado en los Manufacturing Innovation Centers de Obama, los de los centros de la Fraunhofer-Gesellschaft y los equivalentes en Corea del Sur y Taiwán.

Los objetivos del plan de renacimiento industrial de Europa, grosso modo, son atractivos, aunque ambiguos y sin mucha concreción (salvo la monumental cifra de gasto), como lo son casi siempre los de la Unión Europea. Tratan de inscribirse en los ejes cartesianos que definen las megatendencias actuales –terciarización de la economía, globalización e intensificación del conocimiento–. Pretenden además hacer frente a desafíos importantes como los precios de la energía, la floja demanda interna, la atonía inversora e innovadora general y un clima general de negocios que no prospera, debido a la falta de competitividad de algunas economías y sectores productivos a escala continental.

Para que esa reindustrialización europea tenga éxito, creemos modestamente, falta estrategia, detalle y liderazgo para imponerla y ejecutarla, así como vocación política para consolidar una Europa más fuerte e integrada. Aunque la falta de política común exterior, energética, de defensa y de concepción de destino común en tantas cosas lastran nuestros pasos, la política industrial bien puede ser un núcleo en torno al que contraponer otros desencuentros y amalgamar en torno a ella el Moving forward together in Europe que tanto se pregona.

Bastaría comenzar elaborando un mapa que simulase cómo entrelazar y hacer cooperar países, regiones y sectores para que las cadenas de valor industriales en una dimensión europea sean más sólidas, integradas y tupidas, a la vez que se potencien los servicios digitales en red que las distintas empresas de la UE pueden aportar para elevar un peldaño más que los competidores a escala mundial la producción de las grandes industrias europeas.

La estrategia energética general, y la eléctrica en particular, tan íntimamente ligada a la pujanza industrial europea, debe ser objeto de otras reflexiones más amplias. Europa importa el 55% de sus necesidades energéticas: 84% del petróleo que necesita y el 65% del gas natural (el 34% de ello de Rusia). Grosso modo, el GN aporta el 24% del consumo de energía primaria de la UE; el petróleo, el 36%; el carbón, casi el 18%, y la energía nuclear, el 12% de la fuente de energía primaria de Europa. Lejos todavía del mercado interior integrado que tanto se propugna a escala europea, lo cual ayuda poco a la posible política industrial, sigue decepcionando que la ortodoxia económica imperante sea incapaz de proponer mecanismos y procesos modernos y justos –no decimonónicos– de fijación y optimización de precios para productos que, como la energía eléctrica, no se pueden almacenar en cantidades significativas y donde hoy es notable la variedad de tecnologías que pueden suministran este tipo de energía.

Julián Pavón es Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

José Luis de la Fuente O'Connor es Presidente de la Asociación Española para la Promoción de la Inteligencia Competitiva