COLUMNA

La necesidad de conjugar rigor y crecimiento

Los responsables políticos en el poder cuando era inminente la accesión al euro y los que ya en vigor les sucedieron no supieron (¿quisieron?) ver por incompetencia o irresponsabilidad las importantes consecuencias de la entrada en el euro. Se puede decir sin ambages que este error indujo la más grave situación económico-social jamás conocida. En vez de realizar las profundas reformas estructurales que exigía la pérdida de soberanía monetaria, se dejaron engañar por el fuerte y continuado pero absolutamente falaz periodo de crecimiento. Parte de los abundantes recursos generados los empleó un Estado clientelista en la creación por los más diversos procedimientos de empleo artificial para los correligionarios políticos; por su parte, las Administraciones públicas se endeudaron desmesuradamente en financiar inversiones megalómanas, poco rentables e innecesarias para prestigio local, regional o partidista.

Tan nefastas están siendo las consecuencias del endeudamiento del sector privado (más de 300% del PIB), en particular y de lejos el de las entidades de crédito que recurrieron a un enorme endeudamiento exterior (800.000 millones de euros) para financiar con grave riesgo unos activos vinculados excesivamente a la construcción. La creciente y elevada morosidad de sus activos y las exigencias de la deuda exterior llevaron a una pérdida de capital y a una prolongada sequía de crédito que la compleja reforma del sector recientemente aprobada no va a solucionar este año, ni se sabe cuando lo hará, pero sí que habrá ayuda pública.

El 2012, cuarto año de crisis, ha nacido con pobres expectativas. Las medidas de ajuste ya aprobadas y las que puedan añadir los Presupuestos generales de 2012 podrían detraer 20.000 millones de la economía y el déficit público solo se podrá reducir en poco más del 2% del PIB, quedando lejos del objetivo del 4,4% fijado para 2012 por Bruselas a sabiendas de que sería imposible alcanzar. El Gobierno sigue acertadamente anclado en ese objetivo confiando que en vista del estancamiento económico de Europa y el insolento dinamismo de la economía alemana impere el buen sentido y la canciller Merkel aminore el ritmo de austeridad. Parecía que la canciller se había percatado de que sin crecimiento los países periféricos no podrían hacer frente a las cargas de la deuda soberana cuando prometió que en la cumbre del 1 de febrero "se discutiría de crecimiento y no solo de déficit". Dejó sin embargo esta cuestión para 2013, cuando se ratifique el nuevo Tratado, pero podía haberse comprometido a apoyar en ese año el crecimiento cuando dos países fundamentales para salvar el euro como España e Italia están llevando la austeridad pública al máximo razonable. De hecho, la canciller da la impresión de que está más pendiente del Bundestag y de la voluntad hegemónica alemana que de la crisis del euro. Por eso mientras no estimule el crecimiento prometido lo más prudente para España es recuperar la credibilidad perdida por sus responsables políticos en el últimos años mediante una política económica que infunda confianza en los mercados y en los deprimidos agentes socioeconómicos. Tan importante como la austeridad es el crecimiento pero no basta con simples declaraciones. Como el sector exterior va a ser el principal factor de expansión durante bastante tiempo para ser creíbles estas promesas deben ir acompañadas de un reconocimiento de la necesidad de curar una grave enfermedad de la economía española, el escaso crecimiento de la productividad, elemento fundamental para acrecentar la competitividad.

Esta atonía de la productividad es un fenómeno complejo que depende de la estructura productiva y del comportamiento de los agentes socioeconómicos. Un factor importante es el nanismo de las empresas que penaliza la innovación y la remuneración del salario y el capital. Fue fomentado con políticas populistas cuando para mantener la competitividad se disponía de la devaluación de la divisa, pero su carencia proscribe hoy esa política y obliga a cambios profundos en el comportamiento de los agentes socioeconómicos. Los sindicatos deben ser conscientes de que hoy un aumento duradero del empleo solo se puede alcanzar cuando se invierta la tendencia alcista del coste salarial unitario que ha caído únicamente con el empleo en la recesión. Pero también las empresas deben llevar a cabo un cambio del comportamiento no menor. Las 50.000 empresas que según el INE han recibido cuantiosas ayudas destinadas al I+D+i debía haberles permitido innovar tanto sus sistemas de producción como sus productos, pero no parece que haya sido así. Es cierto que las exportaciones han registrado últimamente un crecimiento notable, pero han reducido su valor añadido, pues las de los productos industriales terminados que hace seis años representaban el 37% de las exportaciones no energéticas cayeron al 30% en 2011. Cabe pues pensar que buena parte de esas ayudas se dedicaron a subvencionar las exportaciones, es decir a un objetivo contrario al que se buscaba. Esta cuestión la podría dilucidar la Agencia de Evaluación de las Políticas Públicas, hasta ahora missing.

La salida de la crisis, es decir, alcanzar un ritmo de crecimiento creador de empleo va a llevar tiempo. El necesario para recuperar la competitividad perdida en doce años de euro, superar los límites al déficit público y a la deuda soberana impuestos por el Tratado Intergubernamental y la normalización del sistema financiero. La duración de esa travesía del desierto dependerá del acierto de la política económica y del comportamiento de los agentes socioeconómicos.

Anselmo Calleja. Economista