El foco
Un lugar en el mundo
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Un lugar en el mundo

Los autores defienden que la coyuntura actual es una oportunidad para que España recupere terreno y defina su papel internacional

Cuando se mira hacia atrás, la historia de las grandes naciones nos muestra de qué modo han sabido ocupar una posición en cada momento y cómo han sido las situaciones en que la han perdido. España perdió hace ya mucho tiempo su papel de privilegio y muchos españoles parecen haberse conformado con esa casi desaparición del escenario, con reducirse a un cometido irrelevante y minúsculo.

La historia de nuestros últimos doscientos años es la historia de la crisis interior de un país que no sabe encontrarse en un mundo en que se ha perdido. En cierto modo, aunque algo más tarde, eso mismo le ha pasado a Europa, y es bueno pensar en la crisis contemporánea a la luz de esa retirada europea del protagonismo histórico.

Lo verdaderamente relevante en la crisis actual es que ya no parece posible compatibilizar el mutis y el progreso, que se hace necesario participar en la definición del mundo que viene y luchar por un papel definido y activo si no queremos quedar reducidos a la insignificancia y al retroceso cultural, económico y político. España y Europa tienen que luchar por mantener un papel relevante y tienen medios para ello, pero no valen todas las estrategias para conseguirlo: hay que acertar. Por supuesto, el primer error sería no plantearse muy a fondo esta cuestión, dar por hecho que otros nos la darán por resuelta, y, además, favorablemente a nuestros intereses.

Se hace necesario reconocer que hay que poner fin al vacío de estrategia de medio y largo plazo de España y de la Unión Europea y de cuanto lo hace posible, tratando de acabar con el déficit de liderazgo político y de élites que nos está condenando a un alargamiento agónico de una crisis a la que no se le ve salida.

Bien está que Alemania sea el centro, pero un centro sin ideas y sin conciencia de cuanto de él depende no es un timón, sino un peso muerto. Ese gran país sigue atenazado por los terribles errores cometidos en el último siglo y no parece proclive a asumir de una vez por todas su responsabilidad en el continente y su parte del riesgo de liderar la titubeante nave europea.

La finalización de la guerra fría, la caída del muro de Berlín y el esta-blecimiento de la democracia liberal -con sus matices, como apunta Amartya Sen- como la forma de gobierno más aceptada en países que han alcanzado una cierta prosperidad, ha dado lugar a la muy discutible idea de Fukuyama según la cual estaríamos ya en el final de la historia, en la ausencia de política. Se trata de un inmenso equívoco que confunde el fin de un cierto eurocentrismo y de la devaluación de los valores occidentales con el fin del mundo, cuando lo que ocurre, en realidad, es que un nuevo mundo se está abriendo paso a nuestro derredor sin que aparentemente podamos frenarlo o sumarnos a él en condiciones favorables.

En el caso de España, desde nuestra incorporación a la Unión Europea y al euro, hemos gozado de una bonanza económica y de un bienestar difícilmente equiparable a ninguno anterior de nuestra historia. Como ahora estamos viendo, ese estado de prosperidad estaba fundado en bases muy débiles. Ese bienestar nos ha resultado engañoso porque ha ocultado por más tiempo del debido cuál estaba siendo nuestro lugar en el mundo, qué era lo que deberíamos hacer y hacia donde dirigirnos.

La época de vacas gordas, nos dispensó de pensar en términos estratégicos y solo unos pocos escogidos acertaron a hacer sus deberes mientras el país en su conjunto creía nadar en la abundancia eterna del referido fin de la historia al amparo de la Unión.

Todo ello hizo que nos olvidásemos con facilidad de lo más necesario, de definir una estrategia de medio y largo plazo de Estado moderno, dentro de la Unión Europea y de cara al resto del mundo, y cuáles deberían ser los pasos para crearla, qué políticas habría que implementar para ello, gobernase quien gobernase y cómo deberíamos financiarlas y llevarlas a efecto.

Más bien al contrario, contagiado por la dictadura del cortoplacismo del mundo empresarial, lejos del objetivo de mejorar nuestra competitividad, nos hemos centrado legislatura tras legislatura en apagar los fuegos generados por los gobiernos anteriores, en trastocar tácticamente con escaramuzas sin número lo definido por el adversario político, olvidando el interés general de la Nación, la estabilidad, sostenibilidad, seguridad y progreso de nuestro orden económico, y las estrategias de defensa de los intereses de nuestra clase media -en clara regresión-, que, a la postre, es quien permite la existencia y la viabilidad del Estado mismo.

Mientras nosotros estábamos en esas, con falta de ideas y de análisis, tanto por parte de la izquierda como de la derecha, pero también por parte de una sociedad civil muy poco activa, buena parte de los países de la Unión Europea y gran parte de las democracias de todo el mundo hacían mejor que nosotros sus deberes. En consecuencia, ellos han soportado la crisis mucho mejor que nosotros y también se han visto menos afectados por la errática, titubeante y ambigua estrategia de la Unión Europea.

A nosotros nos toca ahora mover ficha inexcusablemente para tratar de recuperar el terreno perdido. Es verdad que estamos en una situación realmente terrible, pero también es cierto que son estas, precisamente, las circunstancias que obligan a repensar muy a fondo nuestro porvenir: ¿sabremos hacerlo? ¿Seremos capaces de definir una estrategia política y económica que nos asegure un papel relevante en Europa y en el mundo?

No somos decisivos, pero tampoco somos insignificantes como no lo hemos sido nunca en la historia, y esta crisis lo ha puesto sobradamente de manifiesto. Lo que está en cuestión es si sabremos pensar y actuar de modo tal que nos garanticemos un papel digno en el nuevo orden global, un diseño económico y político que nos permita prosperar internamente y participar e influir en la definición del mañana, dejando de estar a la vera del camino por el que pasa la historia. La tarea y oportunidad son formidables.

José Luis de la Fuente O'connor. Presidente de la Asociación Española para la Promoción de la Inteligencia Competitiva

José Luis González Quirós. Filósofo y analista político