TRIBUNA

Innovación en clave internacional

Siendo el análisis compartido, la necesidad de avanzar hacia otro nuevo modelo económico para nuestro país parece cada vez más perentoria. Y ante el sentimiento general de que una salida espontánea de la crisis es ilusoria, dos cuestiones subyacen a muchas de las propuestas que se formulan: la innovación y la internacionalización. Ambas cuestiones, íntimamente ligadas y que algunos han venido en llamar i+i o doble i, constituyen sin duda dos palancas necesarias para que las empresas españolas logren mayores cotas de competitividad en un escenario internacional cada vez más abierto. Sin embargo, las buenas intenciones servirán de bien poco en ausencia de la precisión y determinación necesarias para cambiar las cosas, sin confundir deseos y realidades. Aclaremos pues qué relaciones existen entre ambas íes y por qué es preciso ir más allá de su suma.

Por lo que respecta a la I+D+i, no obstante las actuales dificultades es necesario seguir apostando por incrementar el volumen de inversiones y el número de empresas que incorporen la innovación a sus estrategias de negocio, creando condiciones propicias desde el ámbito público con políticas, instrumentos e incentivos verdaderamente eficaces para comprometer decisiones paralelas desde el ámbito privado y, a la vez, incrementar la creación de nuevas empresas y empleo en sectores de alta tecnología. Paralelamente, hay que insistir en las ventajas que las empresas podrían obtener acometiendo tales actividades de I+D+i en clave internacional, más allá de lugares comunes y relaciones de causalidad entre las dos íes, por otra parte, fáciles de entender.

Así por ejemplo, es evidente que ha de existir una relación entre innovación empresarial y exportación, en la medida en que las empresas que desarrollen con éxito tecnologías propias, a menudo costosas y complejas, tendrán obviamente más razones para tratar de rentabilizarlas en todos los mercados, incluidos los internacionales. Del mismo modo, aquellas empresas que exportando se exponen más si cabe a la competencia de otros países, habrán de sentir de manera más directa si cabe la necesidad de innovar e incrementar así su productividad en sus negocios. Más allá de tales relaciones lineales y antes de postular qué ha de significar innovar la internacionalización, aclaremos en qué consiste la llamada internacionalización de la I+D.

Un artículo seminal de los profesores Daniele Archibugi y Jonathan Michie en 1995, propone una taxonomía de la internacionalización de la innovación, un fenómeno que atrajo la atención de investigadores e instituciones en las últimas décadas (Naciones Unidas, OCDE, Comisión Europea, etc.) al suponerse tradicionalmente que la I+D habría de ser una de las funciones estratégicas que las empresas centralizarían siempre en sus países de origen. Dicho artículo distingue tres planos.

En primer lugar, la explotación internacional de innovaciones tecnológicas, principalmente a través de formas tan antiguas como el comercio (exportación de productos con tecnología incorporada), pero también y más recientemente de tecnología desagregada a través de licencias, patentes, etc. En segundo lugar, aparecen las innovaciones globalizadas o creación de innovaciones tecnológicas sobre bases internacionales de la mano de empresas multinacionales con actividades de I+D en varios países, ya sea de nueva creación o por bien vía adquisición de laboratorios y activos tecnológicos preexistentes. Por último, la cooperación internacional en ciencia y tecnología, que puede desdoblarse a su vez dos vertientes, según su liderazgo sea académico o empresarial.

La primera vertiente o internalización de la ciencia se instrumenta en proyectos conjuntos o instalaciones compartidas, sean éstas centralizadas (gran ciencia) o distribuidas (pequeña ciencia), así como a través de intercambios internacionales de investigadores, doctorandos, etc. Las colaboraciones lideradas por empresas a través de alianzas tecnológicas de carácter internacional, vienen a vehicularse vía empresas mixtas (joint ventures) o, en el caso de sectores dinámicos tecnológicamente, mediante acuerdos y contratos de codesarrollo.

Reconociendo el interés de tales colaboraciones, los Gobiernos establecen programas y esquemas internacionales que posibilitan compartir costes y riesgos, al tiempo que se aprovechan las complementariedades entre participantes, promoviendo el acceso a los conocimientos disponibles y a los mercados más dinámicos para el desarrollo de productos conjuntos de valor añadido. En esta línea, Europa dispone desde los años 80 de dos grandes programas: Eureka y el Programa Marco Comunitario de I+D, de carácter precompetitivo y actualmente en su séptima edición.

Por su parte, el Programa Marco apoya los proyectos que supongan una novedad para Europa en su conjunto, primando la excelencia de clase internacional en las evaluaciones que llevan a cabo expertos independientes y promoviendo colaboraciones incluso entre competidores, con una gran presencia de instituciones públicas y privadas de investigación. Eureka, presta mayor atención a la relevancia del proyecto para los socios y, por extensión, los países que los evalúan y financian de manera descentralizada, resultando en que una gran parte de los proyectos emanan de relaciones preexistentes entre las empresas con sus clientes y suministradores. Por tanto, aún involucrando a varios países en ambos programas, las condiciones competitivas son bien distintas: mientras que los proyectos del Programa Marco han de ser novedosos colectivamente para la Unión Europea, en los proyectos Eureka se exige que tengan interés suficiente para los socios del consorcio.

Cuestión distinta es dilucidar el mayor o menor alcance internacional de las innovaciones desarrolladas nacionalmente. Y para ello hay que recordar que, si bien toda innovación supone un cierto grado de novedad, no toda innovación es necesariamente internacional. Así, el Manual de Oslo de la OCDE, distingue entre innovaciones nuevas para la empresa, nuevas para el mercado y nuevas para el mundo. La pregunta es pues cómo lograr que un mayor número de innovaciones alcancen los mercados internacionales para lo cual, más allá de la participación en los dos programas europeos citados que son por definición plurinacionales, caben dos aproximaciones para innovar la internacionalización, una incremental y otra radical que se corresponden en buena medida con lo que hay y lo que falta en el panorama europeo y español.

Por una parte, quizá pueda sacarse más partido de los servicios que prestan administraciones y asociaciones a las empresas para innovar e internacionalizarse, colaborando, exportando o invirtiendo. Asimismo, las empresas que ya operan en mercados internacionalmente merecen todo el apoyo para innovar sus modelos de negocio, del mismo modo que ha de prestarse un apoyo y atención preferentes a la creación y crecimiento de las nuevas empresas innovadoras sobre bases internacionales (nacidas globales), habida cuenta de su potencial para el empleo.

Ahora bien, ¿cómo articular ambas cuestiones para que tanto las empresas existentes como las nuevas vengan a acometer innovaciones de alcance internacional? Objetivos tan loables parecen difíciles de lograr en ausencia de estructuras y esquemas adecuados. Más aún, resulta ingenuo pensar que puedan surgir proyectos espontáneamente de la acción de agencias nacionales o regionales cuya labor hoy consiste esencialmente en financiar la demanda tecnológica de las empresas, desde sus actuales necesidades y negocios. Generar proyectos relevantes y excelentes será más factible y con mayores garantías de éxito con esquemas más competitivos y mejores prácticas, incluyendo evaluaciones de expertos internacionales, capaces no ya de valorar ideas y proyectos nuevos para la empresa sino, de manera preferente, aquellos otros nuevos para el mercado o, mejor aún, nuevos para el mundo. Una tarea tan ardua como necesaria.

José Manuel Leceta García. Ingeniero superior de Telecomunicación, máster en Administración de Empresas y diplomado en Altos Estudios Internacionales