TRIBUNA

Ser y deber ser en innovación

Como sucede con otras tantas claves para el futuro de las sociedades occidentales, el general y creciente interés por la innovación corre el paradójico riesgo de convertir la cuestión en un lugar común, poco conocido. A la vista, no ya de países con trayectorias tecnológicas bien asentadas como EE UU y Japón, sino de la emergencia de nuevos actores como China o Brasil, existe una lógica preocupación por el lugar que vengan a ocupar Europa y España en la llamada economía basada en el conocimiento. Para entender y, más importante aún, para practicar la innovación, es necesario conocer su naturaleza, fuentes y dinámicas. Por último, al igual que en otras disciplinas, podríamos distinguir entre innovación positiva (lo que es) y normativa (lo que debería ser).

En cuanto a su naturaleza, hay que insistir que no toda invención o nueva idea conduce a una innovación, ya que esto último supone necesariamente la introducción en el mercado de un producto, proceso o servicio con características nuevas o mejoradas. De ahí que empresas y emprendedores sean los agentes centrales de la innovación. Y si bien algunas surgen como resultado de avances científico-tecnológicos, no existe una relación causal en la mayoría de los casos. De hecho, las empresas innovan porque creen que hay una necesidad u oportunidad comercial, comenzando generalmente por revisar y combinar el conocimiento ya existente, antes de acometer nuevos desarrollos.

Por otra parte, muchas empresas innovan con éxito sin I+D o sin llevarla a cabo con medios propios, optando por subcontratarla o innovando mediante el aprendizaje por el uso de bienes de equipo, los nuevos diseños, las habilidades del personal o, en general, nuevas formas de organización, distribución, venta, etc. De hecho, según la encuesta de estrategias empresariales del INE en España un 27,2% de los innovadores de producto y un 41,8% de los innovadores de proceso no llevan a cabo actividades de I+D.

Y si importante es la naturaleza, no lo es menos la fuente o fuentes del conocimiento (tecnológico y no) según el sector o sectores de actividad de cada empresa. Asimismo, una complicación añadida para gestores públicos y privados se encuentra en que el desarrollo de productos competitivos internacionalmente precisa una panoplia cada vez más amplia de capacidades y tecnologías. A ello se unen los crecientes costes de desarrollo, el vertiginoso ritmo de aparición de nuevos productos y, por ende, la reducción de sus ciclos de vida y amortización de las inversiones. Una vía para hacer frente a este nuevo contexto, es la colaboración en innovación con otros agentes y, en general, la llamada innovación abierta compartiendo activos y conocimientos para explotar complementariedades superando las propias limitaciones de las empresas.

Asumida la importancia de la colaboración, cabe preguntarse ¿cuáles son los socios de las empresas al innovar? La encuesta comunitaria de innovación (CIS 2002-2004), no deja lugar a dudas al mostrar que los principales socios de las empresas en actividades innovadoras son, a su vez, otras empresas. En primer lugar sus suministradores y clientes, por delante de universidades, centros de investigación y, por último, como cabría esperar, de competidores. Las diferencias entre países en la importancia relativa de estos colectivos tienen que ver con las distribuciones nacionales de empresas en sectores de alta, media y baja tecnología. Sin embargo, la multiplicidad de productos empresariales resultado de la actividad de una misma empresa y de los insumos tecnológicos necesarios para su desarrollo desaconseja cualquier simplificación.

Así por ejemplo, mientras Finlandia presenta la tasa más alta de colaboraciones entre competidores, debido probablemente al peso del sector TIC y la importancia de los estándares en la introducción exitosa de innovaciones en este ámbito (aunque también de innovación abierta con suministradores y clientes), en España el porcentaje más alto de colaboraciones corresponde a suministradores. Por tanto, poner de manifiesto las dinámicas subyacentes a tales colaboraciones espontáneas resulta clave para alimentar las relaciones de negocio entre empresas en su dimensión tecnológica e innovadora.

Uno de los artículos más citados en la economía de la innovación, firmado por Keith Pavitt a mediados de los años 80, estudia precisamente los patrones de innovación tecnológica proponiendo cuatro categorías de empresas y sectores manufactureros.

En primer lugar identifica las empresas basadas en ciencia (tales como aeronáutica, farmacia, caracterizadas por I+D sistemática y estrechas relaciones con la academia) y los suministradores especializados de maquinaria e instrumentos (cuya innovación se basa en sus capacidades de ingeniería e interacciones frecuentes con sus clientes).

En tercer lugar, las empresas intensivas en escala relativamente innovadoras (automoción y transporte por ejemplo) y, por último, otras empresas que, aunque puedan también innovar de manera puntual, reciben la mayor parte del conocimiento y la tecnología de otros sectores y suministradores de maquinaria y equipos, calificadas como empresas dominadas por su suministradores, generalmente en sectores maduros.

La clasificación constituye un instrumento de enorme interés para analizar estrategias empresariales y políticas públicas más adaptadas a los negocios. Asimismo, resulta interesante comparar los patrones sectoriales citados con los momentos postulados por historiadores y teóricos del desarrollo económico comprobando así que, en buena medida, cada nuevo paradigma ha venido a introducir nuevas formas de hacer innovación. Y por extensión, nuevos negocios y formas de hacer empresa resultando en sectores y actividades que no se sustituyen sino que coexisten en el tiempo.

En todo caso, a efectos de calificar sus estrategias innovadoras resultaría engañoso agrupar a las empresas exclusivamente por sus productos. Así por ejemplo, tendría poco sentido situar una empresa de trajes y botas espaciales entre el textil y el calzado... O una empresa de cadenas de precisión como parte de la industria pesada... En definitiva, más que de sectores, ha de hablarse de empresas más o menos innovadoras y, por extensión, de sectores más o menos competitivos o no internacionalmente.

El desarrollo de capacidades de alta y media tecnología es un objetivo deseable como país, incluida la creación de nuevas empresas de base tecnológica. Al tiempo hay que responder a las necesidades y dinámicas de empresas en sectores maduros y de servicios, claves para el empleo. Todo lo cual, configura un escenario particularmente complejo en Europa y España, consistente en ocuparse a la vez de lo que hay y lo que debería haber. O si se quiere, en practicar simultáneamente innovación normativa y positiva.

José Manuel Leceta García. Ingeniero superior de Telecomunicaciones, máster en Administración de Empresas y Diplomado en Altos Estudios Internacionales