TRIBUNA

Pulso de Obama a la banca

El anuncio del presidente de EE UU, Barack Obama, -con lenguaje y tono inesperados-, sobre su plan de limitar e incluso prohibir ciertas actividades financieras a la banca ha levantado un gran revuelo y ha afectado a las Bolsas y mercados de capitales. Más que nada, porque se ha interpretado como el primer golpe verdaderamente significativo sobre la mesa contra las entidades causantes de la crisis y las prácticas financieras abusivas y excesivamente arriesgadas de las mismas. Sin embargo, creo que hay que contener la adrenalina ante la noticia y evaluar estas medidas conforme toman cuerpo y se observa su verdadero alcance. Como algunos responsables de política económica y financiera oportunamente han señalado, es positivo que se pase finalmente a la acción pero las medidas deben calibrarse con cuidado, teniendo en cuenta sus efectos de corto y de largo plazo.

Las propuestas de Obama pretenden evitar que los bancos especulen en los mercados por cuenta propia (proprietary trading) o que sean propietarios o inversores de hedge funds o entidades de capital riesgo. Algunos analistas interpretan las medidas como una vuelta al modelo de restricciones a la actividad bancaria en vigor en EE UU desde la Gran Depresión hasta 1999, la conocida Glass-Steagal Act. Y parte de esta interpretación responde más a la irrupción de la figura que ha asesorado a Obama en estas propuestas, el ex presidente de la Reserva Federal Paul Volcker, quien se ha manifestado recientemente por un modelo de regulación restrictivo respecto a la actividad de los intermediarios bancarios. Sin embargo, no está de más recordar que cuando en 1999 se abrió el abanico de posibilidades de negocio con que contaban los bancos comerciales estadounidenses (la conocida Gramm-Leach-Bliley Act), la banca de inversión campaba ya a sus anchas por los mercados financieros internacionales y cabe preguntarse si el mantenimiento de la separación estricta entre banca comercial y de inversión hubiera evitado el colapso financiero y la propia crisis.

No tengo claro que hubiera sido así. Toda la actividad que se ha denominado sistema bancario alternativo o "en la sombra" (shadow banking system) que derivó en el inicio de la crisis con las subprime, venía ya labrándose con independencia de los cambios regulatorios y, como ya es vox populi auspiciado, en gran medida, por entidades sistémicas de banca de inversión que poco o nada se han visto o se verán afectadas por las restricciones a la banca comercial. Probablemente, no sólo hay que plantearse si conviene limitar el perímetro de la actividad bancaria sino si debe ampliarse el de la supervisión y unificarse en una base consolidada, exigiendo mayor transparencia y un análisis profundo del negocio bancario, dentro y fuera de balance.

La historia y la raigambre institucional de cada sistema financiero tienen un enorme peso en la trascendencia de estas decisiones. Sin ir más lejos, España es uno de los paradigmas mundiales en banca universal, en el que nuestras instituciones cuentan con un amplio abanico de posibilidades de negocio. Y, con este modelo, precisamente nuestros bancos, cajas y cooperativas de crédito no se han visto afectadas prácticamente, por los problemas derivados de los vehículos estructurados de inversión. ¿Por qué? Simplemente porque el Banco de España realizó una supervisión prudencial en base consolidada en los años anteriores a la crisis, exigiendo a cualquier entidad que quisiera realizar operaciones fuera de balance de esta naturaleza que reforzara sus recursos propios para cubrir los potenciales riesgos de esas actividades menos típicas. La opción de obligar a reforzar aún más los capitales propios por actividades de elevado riesgo debería ser considerada como una alternativa que pudiera ser menos intervencionista y que incluso podría ser más eficaz. No es sólo cuestión de tener una buena regulación sino también se debe lograr una eficaz supervisión y vigilancia de las entidades financieras.

La reforma estadounidense propugna, asimismo, limitar el tamaño de los intermediarios financieros, para evitar que se conviertan en supergigantes sistémicos difíciles de controlar. Esto tampoco será fácil en un momento en el que la reforma de la normativa de solvencia (más exigente) y la consolidación que suele producirse tras cualquier crisis financiera desembocará previsiblemente en sectores bancarios más concentrados.

En su conjunto, el debate sobre las medidas puede favorecer la transparencia y una división de los riesgos. Eso sí, es pronto para ver el alcance de la nueva reforma de Obama y hasta qué punto significa una vuelta al pasado en cuanto a regulación bancaria. Resulta estimulante, en cualquier caso, que se reavive el debate sobre la reforma de la arquitectura financiera de enorme trascendencia. Y no sólo en EE UU sino en todo el mundo.

Santiago Carbó. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Granada y consultor del Banco de la Reserva Federal de Chicago