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De ruta culinaria por los desechos

Un día, hace unos dos años, Madeline Nelson decidió plantarse. Dejó su puesto de directora de comunicaciones internas de la cadena de librerías Barnes & Noble y su casa en el pintoresco y preciado Greenwich Village de Manhattan. Ahora, a los 51 años, reside en el más popular barrio de Flatbush en Brooklyn y dedica su tiempo al voluntariado.

Nelson cambió de estilo de vida cuando se dio cuenta de lo poco que necesitaba y lo mucho que consumía. Ahora es una freegan, (free de gratis o libre y vegan, de quienes tratan de evitar la carne). Forma parte de una comunidad que quiere limitar su consumo, reducir sus gastos y generar menos basura. Todo un reto en un país tan consumista como EE UU.

Ella decidió optar por este estilo de vida desde que fue a uno de los tours organizados por la comunidad freegan de Nueva York. Son varios cientos de personas que encuentran lo que necesitan para comer en los contenedores y las puertas traseras de los supermercados y es lo que nadie quiere. Los freegan sí y, por supuesto, gratis. A través de su página web informan a otros sobre cómo encontrar los mejores supermercados de la ciudad y a qué horas es mejor ir.

Salen cuando las tiendas están próximas al cierre o ya lo han echado y cogen pan que no está del todo fresco, los paquetes de galletas rotas, los aguacates que empiezan a estar demasiado blandos, o los yogures que están próximos a caducar . Son algunos de los muchos productos que acaban siendo despreciados por los tenderos.

Y no se trata de poca comida. Los freegan manejan un estudio de 2004 de un profesor de la Universidad de Arizona, Timothy Jones, que evidencia que la mitad de la comida de EE UU acaba en los contenedores con un coste de 100.000 millones de dólares al año.

Los freegan han decidido minimizar en lo posible su consumo en general y eso también es válido para el transporte o la ropa. Son personas que tienen o han tenido trabajos bien remunerados y entre ellos hay profesores, estudiantes que podrían ir de compras, pero han tomado la opción vital de no hacerlo como protesta ante un exceso y derroche que ellos consideran exagerado.

Nelson explica que el consumo masivo 'no está en la naturaleza de las personas sino en las necesidades de las empresas y además es ecológicamente pernicioso'.

'Yo empecé boicoteando algunas cosas pero me di cuenta de que tenía que ser completamente coherente y dejar de consumir'. Fue cuando dejó su trabajo. Ahora Madeline Nelson no compra el 95% de sus necesidades. 'El otro día compré tinta para la impresora', admitió. Lo demás, música, libros o ropa lo consigue en los free-markets que se celebran en la ciudad y en los que la gente dona lo que no necesita. Cada uno da lo que puede o quiere.

¿Restaurantes? ¿Bares? 'Trato de no ir', explica esta mujer, 'suelo invitar a los amigos a casa'. La calidad de los alimentos es buena. Nelson cuenta que en una ocasión un tendero tiró varias cajas de naranjas no porque estuvieran malas, sino porque no eran lo 'suficientemente bonitas' para competir con las de otros supermercados de la zona. 'A veces también cogemos carne, pero en realidad la gente tiene que ser consciente de que es lo que se lleva', explica Nelson al hablar de la comida que no está empaquetada.

Ella va a por comida dos veces a la semana normalmente, una de ellas en los tours organizados por sus compañeros freegan, pero admite que llena mejor la despensa cuando va sola.

Nelson es consciente de que buena parte de la marcha de la economía, especialmente la de EE UU, está basada en el consumo y actitudes como la suya ponen más que en entredicho el crecimiento económico. '¿Pero es que queremos una economía así? ¿Que poco a poco avance hasta la autodestrucción? ¿Nociva con el medio ambiente?'. Ella concluye que no es sostenible. 'De la forma en la que vivo no solo tengo bastantes cosas sino que tengo más que el 80% del resto del planeta'.

'Inseguridad alimentaria' frente a la opulencia

Algunos restaurantes y supermercados dicen que donan su comida a la beneficencia para que termine en los estómagos más necesitados. Pero ni son tantos ni es tanto como dicen. Madeline Nelson asegura que las autoridades obligan a los establecimientos a tener en zonas refrigeradas lo que donan y eso es un gasto que no siempre están dispuestos a hacer por lo que muchas veces los alimentos acaban en los contenedores. La cadena Gourmet Garaje dice que dona comida a City Harvest, una ONG que asiste a los sin techo, pero Nelson cree que sólo dan pan. La cadena Gristedes admite que no da nada.

Un estudio del departamento de Agricultura de 2005 admite que en Estados Unidos hasta un 11% de los hogares sufre de una manera más o menos severa inseguridad alimentaria, que es la nueva definición que se ha encontrado para suplir la palabra hambre. En Nueva York, uno de cada cinco vecinos vive bajo el umbral de la pobreza y no hay suficientes cocinas de caridad para todos los que las necesitan, aseguran los freegan para poner de relieve la contradicción entre opulencia y necesidad a la que quieren poner coto con sus acciones.